«Si dejamos de robar dos años, el país se para» – Reflexiones sobre la corrupción, el poder y lecciones para Latinoamérica – Por Raúl Ayala

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La corrupción, como fenómeno, ha acompañado al hombre desde que se organizó en sociedades complejas.

Carlos Alberto Brioschi, en su obra Breve historia de la corrupción, rastrea los orígenes de este flagelo hasta los textos más antiguos, como los escritos en sánscrito en la India, que ya señalaban la imposibilidad de administrar las riquezas del rey sin apropiarse de parte de ellas.

Mientras Aristóteles, en su Política, denunciaba la corrupción como una decadencia inherente a la administración de la polis, en la antigua India se adoptaba una postura más pragmática, cercana al realismo político que Maquiavelo desarrollaría siglos después.

No se trataba de cómo debía ser la política, sino de cómo era en realidad: un juego de intereses donde el poder se ejerce y se mantiene con astucia y, en muchos casos, con corrupción.

Este contraste entre la visión idealista de la política y la realidad corrupta que permea su ejercicio, tiene eco en episodios contemporáneos de nuestra historia, especialmente en el ámbito sindical y político de Argentina.

En 1994, el sindicalista gastronómico Luis Barrionuevo pronunció una frase que marcaría un antes y un después en el debate sobre la corrupción: «Si dejamos de robar dos años, el país se para».

Esta declaración, realizada en una entrevista televisiva, se dio en un contexto de creciente descontento social y crisis económica bajo el gobierno de Carlos Menem.

 

La corrupción en el ámbito público y la mala gestión eran temas candentes, y la frase de Barrionuevo desnudó, sin pudor, una realidad que muchos preferían ignorar: la corrupción no solo era sistémica, sino que parecía inevitable, al punto de que detenerla, según el sindicalista, resultaría en el colapso del país.

La declaración de Barrionuevo no pasó desapercibida y le costó su cargo como presidente de la ANSSAL, pero su influencia en la política no se detuvo.

A lo largo de los años, Barrionuevo ha seguido tejiendo su red de poder, manteniendo vínculos con figuras clave del sindicalismo y la política, y recientemente ha reaparecido como aliado del gobierno de Javier Milei, colocando al actual ministro de Salud, Mario Lugones, en el gabinete del nuevo gobierno libertario.

Este hecho nos obliga a reflexionar sobre cómo la corrupción continúa filtrándose en las estructuras de poder, independientemente de los cambios políticos o ideológicos.

 

La corrupción como eje estructural del poder

La corrupción no es exclusiva de un régimen o partido político, ni de una ideología.
Es un fenómeno transversal que permea las relaciones de poder, especialmente en contextos de crisis económica, como el que vivió Argentina en los años 90 y como el que atraviesa actualmente.

En muchos casos, como lo señaló Slavoj Žižek en un artículo reproducido por La Nación, la corrupción se intensifica en las fases más salvajes del capitalismo global. Žižek pone como ejemplo los conflictos internos en países africanos como el Congo, Sudan o Libia, donde las guerras por los recursos naturales son impulsadas por corporaciones que se benefician del caos y la explotación.

En este sentido, la corrupción no solo es una cuestión de política interna, sino que está profundamente entrelazada con las dinámicas del capitalismo global, que incentiva el saqueo y la desestabilización de naciones en pos de la riqueza.

Para América Latina, esta lección es fundamental. En nuestras tierras, ricas en recursos naturales, la corrupción no solo ha permitido el enriquecimiento de unos pocos a expensas de la mayoría, sino que ha debilitado las instituciones democráticas, haciéndolas susceptibles a los intereses externos y al saqueo económico.

El ejemplo de África, que menciona Žižek, debe hacernos reflexionar profundamente sobre las vulnerabilidades de nuestros países, especialmente en un contexto donde los controles gubernamentales son deficientes o fácilmente corrompibles.

 

¿Cómo erradicar la corrupción?

Ante este panorama, la pregunta no es si la corrupción existe o si se puede controlar, sino cómo podemos atenuar sus efectos y construir sistemas que minimicen la posibilidad de su aparición.

A menudo, se habla de la necesidad de establecer controles más estrictos y de mejorar la transparencia en la administración pública.

Sin embargo, surge una pregunta ineludible: ¿quién controla a los que controlan? Si el sistema mismo está corrompido, es poco probable que estos controles sean eficaces.
El caso de Barrionuevo es ilustrativo: un hombre que, a pesar de haber admitido abiertamente la existencia de corrupción en el país, continúa teniendo influencia en las esferas de poder.

Es aquí donde la sociedad civil tiene un rol crucial. La presión social, la participación activa de la ciudadanía y el fortalecimiento de los mecanismos de control independientes son herramientas clave para combatir la corrupción.

No basta con esperar que los gobiernos, por sí solos, actúen en contra de este flagelo, ya que muchas veces los intereses que los sostienen están íntimamente relacionados con prácticas corruptas.

La creación de instituciones fuertes, con capacidad de acción y verdaderamente independientes del poder político, es una de las pocas salidas posibles para mitigar los efectos de la corrupción.

 

Reflexión final

La frase de Barrionuevo sigue resonando en la memoria colectiva de los argentinos, no solo por su crudeza, sino porque encapsula una realidad que no hemos logrado superar: la corrupción está profundamente arraigada en nuestras estructuras de poder.

Sin embargo, lejos de caer en el fatalismo, debemos asumir que este no es un problema sin solución.

La historia nos ha enseñado que los cambios estructurales son posibles, pero requieren de un esfuerzo sostenido y colectivo.

La corrupción, aunque antigua, no es un destino ineludible; es un fenómeno que podemos enfrentar, siempre y cuando tengamos la voluntad de hacerlo.

Como latinoamericanos, debemos aprender de las experiencias de otros países y estar alertas ante las nuevas formas que adopta la corrupción en el contexto del capitalismo global, si queremos construir un futuro más justo y equitativo para nuestras naciones.

 

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