En los últimos años, el discurso polarizante en torno a las minorías ha adquirido una nueva intensidad en figuras políticas como Donald Trump -especialmente en lo que se ha dado en llamar su “segundo mandato” simbólico, marcado por una retórica aún más radicalizada- y en Javier Milei, exponente de la ultraderecha argentina. Este fenómeno se sustenta en la construcción de un “enemigo interno” que es, en muchos casos, un colectivo vulnerable: comunidades migrantes, grupos LGTBIQ+ o movimientos feministas, entre otros.
A continuación, se exponen algunos elementos que permiten entender las implicaciones filosóficas, psicológicas y políticas de este ataque a las minorías, apoyándonos también en el artículo publicado en Perfil bajo el título “La máscara de la cuestión de género” (Jorge Fontevecchia, 2025).
1. De la “cultura woke” a la justificación de la violencia
Las referencias a la “cultura woke” como amenaza se han convertido en un estandarte para líderes como Trump y Milei. Tal como señala Jorge Fontevecchia en su nota, la cuestión de género =y por extensión, la defensa de las minorías- opera como una suerte de “máscara” que oculta un trasfondo más complejo: el deseo de erigirse en un poder incontestado, ajeno a consensos o contrapesos. En este sentido, la retórica que se ampara en expresiones como “políticamente correcto” o “valores progresistas” busca deslizar la idea de que defender derechos de grupos vulnerables nos debilita como sociedad, asimilando la cooperación y el respeto a la diversidad con la supuesta “feminización” del poder.

Esta narrativa no surge en el vacío. Según Michel Foucault (Vigilar y castigar, Siglo XXI, 2005), los discursos de poder construyen su legitimidad a partir de quién puede definir qué prácticas son “desviadas” y qué valores deben prevalecer.
De este modo, las minorías devienen el blanco perfecto de un poder que busca legitimarse mostrando autoridad y mano dura ante lo diferente.
2. La construcción del “otro” y la pulsión autoritaria
Sigmund Freud, en Psicología de las masas y análisis del yo (Alianza, 2014), expone cómo los líderes carismáticos pueden canalizar las pulsiones de sus seguidores hacia un “otro” que funciona como chivo expiatorio.
Al representar a inmigrantes, personas LGTBIQ+ o feministas como amenazas, se refuerza la identidad del grupo dominante y se enciende la llama del enfrentamiento.
Para Freud, esta dinámica se sostiene en un anhelo inconsciente de regresar a la figura de un padre autoritario, en este caso encarnado por un líder de discurso enérgico que “ordena” la realidad al costo de los derechos de otros.
En la misma línea, la nota de Fontevecchia subraya la dimensión simbólica de la violencia contra las minorías, asociándola a un acto de reafirmación de la “virilidad” política.
Se construye así la idea de que el gobierno “fuerte” es aquel que no negocia, que no se “afemina” al conversar con sus críticos y que impone su voluntad sin mediaciones.
3. El trasfondo político: la tentación totalitaria
Norberto Bobbio, en Teoría general de la política (Trotta, 2009), explica que la fortaleza de un régimen democrático radica precisamente en su capacidad de incluir diversas voces y proteger a las minorías.
El ataque a estos grupos supone, por tanto, un debilitamiento de los principios democráticos, dado que la exclusión y la hostilidad institucionalizada dejan de ser episodios aislados para convertirse en parte de la agenda política.
La clave está en comprender que la confrontación contra las minorías no es solo un fenómeno retórico; tiene consecuencias reales en políticas públicas.
Bajo el mandato de Trump, y según se vio desde el inicio de su gestión, se endurecieron controles migratorios y se alentó un clima de desconfianza hacia comunidades enteras.
Un eventual segundo período, como muchos analistas temían (y algunos indicios posteriores han confirmado en la retórica trumpista), habría implicado un endurecimiento aún mayor de esas medidas.
Del mismo modo, Milei ha asociado demandas de género y políticas inclusivas con “afeminamiento” del Estado, sugiriendo que se necesita el retorno de la mano dura para enderezar el rumbo económico y social de la nación.
4. Reflexiones finales: la importancia de la disidencia
Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo (Alianza, 2017), señala que el control autoritario prospera cuando se reduce el espacio para el disenso y se normaliza la estigmatización.
Las minorías, en este escenario, son el sector más desprotegido, ya que su sola existencia se vuelve un acto de resistencia a la homogeneidad que los líderes de la extrema derecha buscan imponer.
La nota de Fontevecchia en Perfil (“La máscara de la cuestión de género”, 2025) es elocuente al advertir que lo que se ataca en realidad no es tanto la identidad de género en sí misma, sino la idea de que el poder deba someterse a la negociación y a la inclusión.
En otras palabras, el verdadero objetivo es eliminar el disenso y recuperar una figura de autoridad que no rinda cuentas, que no se confronte con equilibrios de fuerzas y que no reconozca la pluralidad como esencia de lo político.
Frente a esta realidad, no resulta casual que, como indica la misma nota, muchos electores busquen al “macho alfa” que resuelva los problemas sin concesiones.
Sin embargo, si la democracia ha de subsistir y ampliarse, es imprescindible mantener la vigencia de los derechos de las minorías y la voluntad de incluir la voz de todos los sectores.
En síntesis, los ataques a las minorías por parte de Trump en su segundo mandato retórico y de Milei en Argentina responden a una misma lógica: la construcción de un enemigo que justifique la concentración de poder, la ilusión de la fuerza irrestricta y el afán por eliminar la incómoda tarea de negociar y consensuar. Como nos recuerdan las reflexiones de Freud y Arendt, así como los análisis presentes en la nota de Fontevecchia, resistir estos discursos exige comprender que la defensa de los derechos humanos -particularmente la protección de las minorías- no es un rasgo de debilidad, sino la base misma de toda sociedad verdaderamente democrática.




