La Argentina está viviendo un momento crucial en el que los derechos de los trabajadores y el equilibrio democrático están siendo amenazados bajo el pretexto del “terrorismo sindical”.
La reciente calificación del gobierno de Javier Milei de las legítimas huelgas de trabajadores como actos de “terrorismo” no es solo una etiqueta despectiva; es una estrategia comunicacional perversa que busca demonizar a los gremios, distorsionar la realidad de las demandas laborales y justificar una política de represión y privatización que podría socavar las bases de nuestro sistema democrático.
Cuando un gobierno utiliza su poder para criminalizar las protestas legítimas, está dando un paso hacia el autoritarismo. El discurso de Milei coloca a los gremios en una posición de villanía, describiéndolos como un obstáculo para la prosperidad y el progreso del país, en lugar de reconocerlos como defensores de los derechos laborales y sociales.
Esta narrativa busca envenenar a la sociedad en contra de los trabajadores organizados, enfrentando al ciudadano común con aquellos que luchan por mejoras salariales y laborales.

En el fondo, esta estrategia encierra un propósito aún más peligroso: facilitar el desmantelamiento de las estructuras del Estado, abrir las puertas a una privatización generalizada de servicios esenciales y fortalecer el poder de los sectores privados.
Lecciones de la historia: los gremios como objetivos en contextos represivos
La historia argentina nos ofrece lecciones importantes sobre los riesgos de criminalizar las organizaciones sindicales. Durante la última dictadura militar, los líderes sindicales fueron uno de los primeros blancos del régimen, ya que representaban una voz colectiva y organizada en defensa de los trabajadores.
La represión a los gremios no solo buscaba silenciar las demandas laborales, sino también anular cualquier resistencia al avance autoritario. Aquellos tiempos oscuros nos enseñaron que atacar a los sindicatos es una forma de ataque a la democracia misma, pues los gremios no solo protegen derechos laborales, sino que actúan como contrapeso fundamental frente a los abusos de poder.
En su obra Cómo mueren las democracias, Steven Levitsky y Daniel Ziblatt destacan cómo el debilitamiento de las instituciones que equilibran el poder, entre ellas los sindicatos, abre camino para los líderes autoritarios.
Este tipo de líderes se aprovechan de la polarización y de la criminalización de la disidencia para imponer agendas que, en última instancia, desmantelan las estructuras democráticas.
Siguiendo este razonamiento, al clasificar las huelgas sindicales como terrorismo, Milei no solo estigmatiza a los trabajadores, sino que también ataca un pilar básico de la sociedad democrática.
De esta manera, mina la posibilidad de un diálogo social y abre paso a una peligrosa escalada de conflicto.
El poder adquisitivo como campo de batalla
La táctica de Milei no solo se centra en estigmatizar las protestas; también incluye un ataque directo al poder adquisitivo de los trabajadores.
Al congelar aumentos salariales y alentar la devaluación, provoca un deterioro en las condiciones de vida que, inevitablemente, lleva a una mayor conflictividad social.
Los trabajadores, al ver licuado su poder adquisitivo, se ven obligados a movilizarse, a exigir mejoras que les permitan enfrentar una inflación en ascenso. Esto, sin embargo, es parte de la trampa.
La escalada del conflicto es funcional a la narrativa oficial que describe a los gremios como agitadores y, en última instancia, como “terroristas” que ponen en riesgo la estabilidad del país.
Esta estrategia de provocación y represión es perversa, ya que alienta una reacción desesperada de los trabajadores solo para luego reprimirla bajo la justificación de “mantener el orden”.
En palabras de Noam Chomsky, el desmantelamiento de las estructuras sindicales y la criminalización de las luchas obreras concentran el poder en manos de unos pocos y destruyen las bases sobre las que se construye una democracia real y efectiva.
Al atacar a los sindicatos y descalificar las protestas, Milei promueve una concentración de poder económico y político en beneficio de sectores privados que buscan lucrar con los servicios esenciales y las necesidades básicas de la población.
La privatización como fin último
El gobierno de Milei ha dejado en claro que su modelo de país está basado en la privatización y la desregulación extrema. La demonización de las organizaciones sindicales y de los servicios públicos responde a una lógica que ve en cada necesidad humana un potencial negocio.
Desde la salud hasta la educación y la energía, la intención es reducir al Estado a su mínima expresión y permitir que sean los privados quienes controlen y lucren con los derechos básicos de los ciudadanos.
En este contexto, los sindicatos representan un obstáculo, ya que son los primeros en señalar los efectos devastadores de este modelo en la calidad de vida de los trabajadores y en la equidad social.
Pensadores como Michel Foucault han argumentado que los regímenes de poder no solo controlan a través de la fuerza física, sino mediante la creación de discursos que justifican su dominio.
En este caso, la idea del “terrorismo sindical” es un arma discursiva que Milei utiliza para socavar la legitimidad de las demandas obreras y para presentar su proyecto de privatización como una “necesidad” para el país.
De este modo, se presenta como el único defensor de un supuesto orden, cuando en realidad está promoviendo un modelo de país en el que las necesidades básicas quedan a merced del mercado y de las corporaciones.
El futuro de la democracia y la importancia de la resistencia social
La etiqueta de “terrorismo sindical” es más que un recurso retórico; es una advertencia sobre el camino que podría tomar la Argentina.
Si se permite que un gobierno utilice este tipo de estrategias para enfrentar a la sociedad con sus propios trabajadores, la democracia argentina corre un grave peligro de deterioro.
En una democracia genuina, el disenso es una señal de salud social y los gremios, así como las organizaciones civiles, son mecanismos de defensa frente a los abusos del poder.
La estigmatización y criminalización de estas organizaciones no solo restringe sus derechos, sino que también erosiona la confianza de los ciudadanos en la posibilidad de una representación justa.
Como sociedad, es imperativo que no caigamos en la trampa de la narrativa de Milei. Es necesario recordar que los sindicatos no son enemigos del progreso, sino actores fundamentales en la construcción de una sociedad más justa y equitativa.
La privatización y la desregulación, promovidas sin ningún tipo de control, pueden generar ganancias a corto plazo para algunos, pero tendrán consecuencias devastadoras para la mayoría de los argentinos.
La memoria histórica y la conciencia social son nuestras mejores herramientas para resistir esta estrategia. No debemos permitir que se repitan los errores del pasado.
Las lecciones de la historia y el pensamiento crítico deben guiarnos en la defensa de los derechos laborales y la protección de la democracia.




