“LA BANALIZACIÓN DEL MAL Y EL PELIGRO DE LA AMNESIA HISTÓRICA” – POR LIC. RAÚL AYALA

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El reciente acto en el que militantes de La Libertad Avanza borraron murales alusivos a la restitución de nietos desaparecidos durante la dictadura cívico-militar argentina, utilizando un Falcon verde, trasciende lo anecdótico y nos enfrenta a un fenómeno que amenaza las bases éticas de nuestra sociedad democrática: la banalización del mal.

Este concepto, acuñado por Hannah Arendt en su análisis sobre los crímenes nazis durante el juicio a Adolf Eichmann, nos ayuda a entender cómo actos atroces pueden ser ejecutados por individuos que, lejos de representar al «monstruo» clásico, son figuras ordinarias que actúan bajo el amparo de un sistema que normaliza y trivializa la violencia.

 

“LA BANALIZACIÓN DEL MAL Y EL PELIGRO DE LA AMNESIA HISTÓRICA” – POR LIC. RAÚL AYALA

 

Al desplegar un Falcon verde, un símbolo icónico del terrorismo de Estado, y justificar el borrado de murales como una acción correctiva, estos jóvenes no solo replican prácticas de exclusión y silencio propias de un pasado autoritario, sino que lo hacen desde una supuesta «normalidad», desconociendo deliberadamente el peso de la memoria colectiva y las implicancias éticas de sus acciones.

 

En América Latina, pensadores como Eduardo Galeano, Rodolfo Kusch y Aníbal Quijano han señalado que la negación de los crímenes de lesa humanidad ha sido un pilar para perpetuar desigualdades estructurales y garantizar la impunidad de sectores privilegiados.
Galeano, en su crítica a las “venas abiertas” de nuestra historia, nos advierte cómo los discursos de poder buscan silenciar las memorias que incomodan a los privilegios heredados de la violencia colonial y dictatorial.

 

Kusch, por su parte, destaca cómo la desconexión de las raíces históricas y culturales lleva a una alienación que destruye los lazos comunitarios, mientras Quijano analiza cómo las estructuras coloniales del poder se mantienen vigentes en formas modernizadas de dominación y exclusión.

 

La acción de borrar murales en San Isidro no debe ser interpretada únicamente como un acto de vandalismo político; es una manifestación de lo que algunos teóricos han llamado el «vaciamiento ético de la memoria».

 

Al desconocer el dolor de las víctimas y sus familias, se normaliza una cultura que disuelve la responsabilidad colectiva frente al pasado. En este sentido, el acto también refleja la reconfiguración de la violencia simbólica en una sociedad que, como lo señaló Walter Benjamin, vive en la tensión constante entre la memoria y el olvido, entre la justicia y la impunidad.

 

Según Benjamin, la historia no debe ser entendida como una acumulación lineal de eventos, sino como una lucha constante contra el olvido impuesto por los vencedores.
En este caso, la destrucción de los murales refleja un intento de los sectores negacionistas por consolidar su narrativa como dominante.

 

Los murales, como expresiones públicas de memoria, representan un grito contra el silencio impuesto por los perpetradores del genocidio.

Su destrucción, lejos de ser un simple gesto político, es un ataque directo a la lucha por la verdad y la justicia, que busca resignificar los espacios públicos desde una perspectiva ética y colectiva.

 

Ante este contexto, la filosofía política nos recuerda, como lo hace Enrique Dussel, que la construcción de una sociedad democrática no solo se sostiene en instituciones formales, sino en una ética de la liberación que asuma el compromiso con los derechos humanos como un pilar fundamental.

El peligro de banalizar estos hechos reside en que, al hacerlo, se desdibuja la línea entre lo ético y lo inaceptable, entre la democracia y el autoritarismo.

 

Como advierte Paulo Freire, la despolitización del pueblo y la pérdida de conciencia crítica son condiciones propicias para la reproducción de sistemas opresivos.

Al destruir los murales y revalorizar los símbolos del terrorismo de Estado, se contribuye a despolitizar la memoria y a instalar un discurso de resignación frente a las injusticias.

Este episodio resalta la urgente necesidad de fortalecer la educación en derechos humanos y la memoria histórica en Argentina.

Como señaló Arendt, el mal no surge del odio manifiesto, sino de la indiferencia y la falta de pensamiento crítico frente a los hechos.

Y, como insistieron Dussel, Galeano y Freire, la transformación social solo será posible si se cultivan memorias vivas que desafíen las narrativas hegemónicas y fortalezcan los valores democráticos.

La memoria no es un acto de indulgencia con el pasado; es un acto de resistencia frente al presente y una apuesta ética por el futuro.

No podemos permitir que las voces que claman por justicia sean silenciadas nuevamente.

Destruir murales que representan la lucha por la verdad y la justicia no solo es un retroceso histórico; es una traición a los ideales democráticos y a las víctimas de un pasado que, a través de actos como este, amenaza con volver a repetirse.

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