Jubilados: Reflexión desde la banalidad del mal desde el sistema de pago – Por Raul Ayala

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En el trasfondo de las largas y agotadoras filas que enfrentan los jubilados adultos mayores, obligados a esperar en condiciones climáticas adversas, surge una reflexión que resonaría profundamente con la filósofa Hannah Arendt y su concepto de la banalidad del mal.

 

En su obra «Eichmann en Jerusalén: Un informe sobre la banalidad del mal», Arendt desmitificó la figura de Adolf Eichmann durante su juicio en 1961, presentándolo no como un monstruo sádico, sino como un burócrata obediente que ejecutaba órdenes sin cuestionar las consecuencias éticas de sus acciones.

 

Desde esta perspectiva, la obligación de los adultos mayores a enfrentarse a largas filas en condiciones climáticas adversas no se trata simplemente de una cuestión logística, sino de un síntoma de la banalidad del mal en la sociedad contemporánea.

Al igual que Eichmann, quienes diseñan y ejecutan estas políticas pueden no ser agentes malévolos, sino funcionarios que siguen las normas y procedimientos sin reflexionar sobre el sufrimiento humano que causan.

Sin embargo, vale la pena señalar que los adultos mayores expresan su preferencia por cobrar en efectivo debido a una desconfianza arraigada hacia los medios de pago electrónicos. Esta desconfianza puede estar fundamentada en experiencias previas, preocupaciones por la seguridad de sus fondos o simplemente una falta de familiaridad con la tecnología.

La indiferencia hacia el sufrimiento de los adultos mayores, así como la persistente imposición de métodos de pago electrónicos sin abordar estas preocupaciones legítimas, reflejan una falta de empatía y consideración ética en la gestión de los asuntos públicos.

En lugar de respetar las preferencias y necesidades de esta población vulnerable, se prioriza la eficiencia del sistema sobre la comodidad y la seguridad de los ciudadanos.

Desde la perspectiva de Arendt, esta situación nos recuerda la importancia de la reflexión ética y la responsabilidad individual en todas las esferas de la vida pública.

La trivialización del sufrimiento humano y la imposición de medidas sin considerar las preocupaciones de los afectados perpetúan una forma de mal cotidiano que socava la dignidad y el respeto hacia los individuos.

En última instancia, la filosofía de Arendt nos insta a reconsiderar nuestras acciones y políticas desde una perspectiva ética, recordándonos que incluso en los detalles más mundanos de la vida cotidiana, la moralidad y la humanidad deben prevalecer sobre la burocracia y la conveniencia.

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