ENSAYO: «LA CONSTANTE HUMANA DEL CAMBIO O LA INMUTABILIDAD» – POR EL LIC. RAÚL AYALA

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Yuval Noah Harari, en Sapiens: De animales a dioses y Homo Deus: Breve historia del mañana, plantea que la humanidad dio un salto cualitativo al crear ficciones compartidas -religiones, sistemas económicos- que facilitaron la cooperación masiva.

Asimismo, proyecta futuros posibles atravesados por la tecnología, la búsqueda de la inmortalidad y el desafío a las fronteras de la esencia humana.

Estas reflexiones sugieren que, aunque la sociedad evolucione, los impulsos fundamentales del ser humano -ambición, afán de poder, deseo de reconocimiento y de riquezas- se han mantenido notoriamente estables a lo largo de milenios.

A lo largo del tiempo, diferentes pensadores han debatido acerca de la naturaleza del ser y de su eventual inmutabilidad.

 

ENSAYO: «LA CONSTANTE HUMANA DEL CAMBIO O LA INMUTABILIDAD» – POR EL LIC. RAÚL AYALA

 

En la Antigüedad, Parmenides concebía el ser como algo fijo y no sujeto al devenir, mientras que Heráclito enfatizaba el cambio constante y la imposibilidad de “sumergirse dos veces en el mismo río”.

La dialéctica posterior, en especial la hegeliana, introduce la idea de tesis, antítesis y síntesis como una dinámica superadora en la que las tensiones se resuelven para generar formas de conciencia y organización más elevadas.

Sin embargo, la afirmación de Karl Marx -“la historia se repite primero como tragedia y después como farsa”- sugiere que, en ocasiones, las sociedades no superan verdaderamente sus contradicciones, sino que las reproducen bajo nuevas apariencias.

Desde las primeras grandes ciudades, como Uruk en la antigua Mesopotamia, hasta las corporaciones transnacionales y la inteligencia artificial actuales, se rastrea una tensión constante entre cooperación y conflicto, entre la búsqueda del bien común y el afán individual de poder.

Pensadores del Medioevo, como Tomás de Aquino, veían en la ley divina y la razón una vía para organizar la sociedad, mientras que, en la modernidad, surge la pregunta sobre la naturaleza del progreso y la libertad en autores como Immanuel Kant y Georg Wilhelm Friedrich Hegel.

En tiempos más cercanos, se ha enfatizado la manera en que la técnica -tal como la entendió Martin Heidegger en sus reflexiones sobre el “Gestell” (armazón, enmarcamiento, dispositivo)- moldea no solo las herramientas que utilizamos, sino también nuestra propia manera de comprender el mundo y de “ser” en él.

Este replanteamiento heideggeriano invita a pensar si la expansión tecnológica y el afán por trascender los límites biológicos acercan a la humanidad a una realización plena o, por el contrario, la enajenan de su propia esencia.

Harari, al sugerir escenarios futuros en los que la biotecnología y la inteligencia artificial podrían desembocar en una especie de “nuevo Homo deus”, plantea un dilema ético y filosófico de larga data: ¿acaso “ser más humanos” equivale a dominar el espacio, conquistar la inmortalidad o integrar chips al cuerpo? O, como podría leerse en la perspectiva parmenídea, ¿la esencia permanece inmutable a pesar de los avances?

En un plano histórico-filosófico, cabe cuestionar si el ser humano del siglo XXI, con todas sus innovaciones, difiere en lo esencial del habitante de las primeras urbes, cuyas preocupaciones -poder, subsistencia, prestigio- tal vez conserven el mismo núcleo.

Por otro lado, el capitalismo global, internet y la inteligencia artificial han sobrepasado el antiguo orden de las naciones-Estado, situando el poder en manos de redes difusas de corporaciones y algoritmos.

Esta situación podría interpretarse, en términos hegelianos, como una nueva síntesis resultado de las tensiones de la modernidad.

Sin embargo, la repetición de fenómenos que Marx calificaba de “trágicos” y luego “farsescos” sugiere que la humanidad se tropieza una y otra vez con mecanismos de dominación y desigualdad, aun cuando se presenten bajo ropajes diferentes a los de épocas remotas.

En consecuencia, el interrogante sobre si el ser humano ha cambiado en sus motivaciones fundamentales -ambición, anhelos de gloria y riqueza- se mantiene abierto. La trama histórica evidencia que, desde Uruk hasta el presente, estas motivaciones se han expresado en formatos sociales y políticos diversos, pero sin perder su impronta básica.

El desarrollo tecnológico y el horizonte trazado por Harari obligan a revisar hasta qué punto se trata de un cambio cualitativo en la esencia humana o de una sofisticación en la manera de materializar los mismos impulsos.

Cabe, por último, reflexionar si lo que algunos interpretan como “progreso” no sea más que un modo renovado de proyectar la misma condición originaria, aquella que combina la creación de ficciones compartidas con la persistencia de las pasiones y ambiciones más arraigadas en nuestra especie.

 

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