“DESAPARECIDOS” EN DEMOCRACIA: LOAN Y LIAN, ENTRE LA INCERTIDUMBRE Y LA POLITIZACIÓN DE LA TRAGEDIA – ARTÍCULO DE OPINIÓN – POR LIC. RAÚL AYALA

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La desaparición de Loan Danilo Peña en Corrientes y de Lian Gael Flores Soraide en Córdoba han conmocionado a Argentina, recordando casos similares como el de Maximiliano Sosa en 2015.

Estos incidentes comparten inquietantes similitudes: niños de entre 3 y 5 años que desaparecen durante la siesta en entornos rurales, sin testigos ni pistas claras.

En medio de la desesperación y el clamor social por respuestas, la intervención de figuras políticas como la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, ha sido notable.

En el caso de Loan, Bullrich se trasladó a Corrientes, encabezando operativos y asegurando que la prioridad del Gobierno era encontrar al niño y detener a los responsables.

De manera similar, en la desaparición de Lian, la ministra sugirió que podría tratarse de algo más que una simple pérdida, enviando efectivos federales para colaborar en la búsqueda.

 

“DESAPARECIDOS” EN DEMOCRACIA: LOAN Y LIAN, ENTRE LA INCERTIDUMBRE Y LA POLITIZACIÓN DE LA TRAGEDIA – ARTÍCULO DE OPINIÓN – POR LIC. RAÚL AYALA

 

Si bien la presencia de altos funcionarios puede interpretarse como un compromiso del Estado, también es crucial analizar cómo estas intervenciones pueden ser utilizadas políticamente.

La exposición mediática y la promesa de acciones contundentes pueden servir para fortalecer la imagen de liderazgo y eficacia de ciertos actores políticos, especialmente en contextos preelectorales.

Sin embargo, es esencial que estas acciones no desvíen la atención de lo verdaderamente importante: la búsqueda efectiva de los niños y el apoyo a sus familias.

El riesgo de politizar tragedias humanas radica en que las decisiones se tomen más por su impacto en la opinión pública que por su eficacia en resolver el problema.

Desde una perspectiva sociológica, la desaparición de niños en contextos vulnerables revela profundas desigualdades estructurales.

El acceso limitado a la seguridad, la falta de infraestructura en comunidades rurales y la invisibilización de ciertos sectores de la sociedad generan un entorno propicio para que estas tragedias ocurran sin respuestas rápidas y contundentes.

Además, la sobreexposición mediática no siempre se traduce en justicia, sino en una sensación de indignación que puede ser manipulada políticamente.

Desde la criminalística, los patrones en estos casos sugieren la necesidad de investigaciones que vayan más allá de las hipótesis iniciales.

La desaparición de niños en circunstancias similares, sin rastros claros, puede apuntar a redes de trata o crimen organizado que explotan vacíos en la seguridad estatal.

La metodología de búsqueda, el tratamiento de la escena y la preservación de pruebas son aspectos clave para evitar desvíos en la investigación.

Desde las ciencias sociales, el manejo mediático y político de estas desapariciones se inserta en un fenómeno más amplio de espectacularización del dolor.

En lugar de priorizar la contención y el apoyo a las familias, los discursos públicos tienden a construir narrativas de héroes y villanos, simplificando realidades complejas.

Esto impide un abordaje integral que contemple prevención, protección y reparación de derechos.

Finalmente, desde la antropología, estos casos reflejan la permanencia de mitos y creencias que aún influyen en la manera en que se interpretan las desapariciones.

En muchas comunidades, la idea de que los niños son “tomados” por fuerzas externas -ya sean criminales, sectas o figuras simbólicas- convive con la inacción institucional, generando una combinación de miedo y resignación que dificulta la exigencia de justicia.

 

¿Un Estado ausente o una presencia oportunista?

En conclusión, mientras la sociedad exige respuestas y acciones concretas ante la desaparición de niños como Loan y Lian, es fundamental que las autoridades actúen con responsabilidad y transparencia, evitando convertir estas tragedias en oportunidades políticas.

La prioridad debe ser siempre la protección de los más vulnerables y el esclarecimiento de los hechos, más allá de cualquier interés particular.

Los desaparecidos en democracia existen.

No son víctimas de dictaduras, pero sí de un sistema que, por acción u omisión, sigue fallando en su deber más básico: garantizar la seguridad de los ciudadanos.

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