Se trata de quien Javier Milei definió como uno de los posibles «premios Nobel» por su presunto aporte al plan económico oficial.

El presidente de Nucleoeléctrica Argentina y uno de los «cerebros» detrás de Javier Milei, Demian Reidel, está en el medio de una posible trama de corrupción. Se trata del presunto direccionamiento y sobreprecios en una licitación clave para la limpieza de las centrales nucleares de Atucha I y II.
El caso se centra en un proceso de contratación del servicio de limpieza en áreas sensibles con riesgo radiológico, donde tres empresas –LX Argentina, La Mantovana y Limpiolux– presentaron ofertas muy por encima del contrato vigente, y la propuesta de LX Argentina habría implicado un sobreprecio superior al 140% respecto de los valores históricos del servicio, con el consiguiente perjuicio para la empresa estatal. El expediente, hoy bajo la lupa interna y judicial, exhibe cambios en pliegos, plazos exiguos y criterios técnicos que redujeron la competencia de nueve firmas a un puñado de oferentes, y abrió una grieta en la conducción de Nucleoeléctrica justo cuando el Gobierno impulsa la privatización de parte de su capital accionario.
La denuncia que disparó la crisis fue presentada por el gerente de planta de Atucha I-II, Juan Pablo Nolasco Sáenz, ante el Comité de Integridad de Nucleoeléctrica, donde expuso presiones para reformular informes técnicos, llamados de urgencia y pedidos para “justificar” económicamente ofertas más caras que la actualmente vigente.
En su presentación también advirtió sobre la intervención de áreas sin competencia específica en temas de limpieza nuclear y la incorporación de Limpiolux en la etapa económica sin haber atravesado la evaluación técnica, un movimiento que, según fuentes internas, vulneró la trazabilidad del procedimiento administrativo. El directorio reaccionó frenando la licitación y apartando de sus cargos al gerente general Marcelo Famá y al gerente de Coordinación Administrativa Hernán Pantuso, ambos hombres cercanos a Reidel, decisión que cristalizó una fuerte disputa interna sobre el rumbo de la empresa y el esquema de compras bajo su conducción.
El caso Atucha no es un hecho aislado dentro de Nucleoeléctrica: la firma Distribón SRL ya había judicializado otra licitación de limpieza por presunto direccionamiento, mientras que la empresa M&G Facility Service denunció pliegos con requisitos de admisibilidad considerados arbitrarios y plazos imposibles para un servicio de alta complejidad técnica vinculado a residuos radioactivos. A estas presentaciones se suman una decena de denuncias anónimas amparadas en el reglamento interno del Comité de Integridad, que alimentan la percepción de que el conflicto excede un expediente particular y alcanza al modelo de gestión y control interno instalado a partir de la llegada de Reidel a la presidencia de la compañía. El silencio público del funcionario frente a las acusaciones contrasta con el peso estratégico de Nucleoeléctrica, responsable de cerca del 8% de la generación eléctrica nacional y pieza central en el plan oficial de privatización parcial de activos energéticos.
En paralelo, el “Plan Reidel” para Nucleoeléctrica –como denominan críticos y especialistas al proceso de venta de acciones de la empresa– profundiza la polémica política alrededor del sector nuclear. El decreto 695/2025 habilitó la privatización de hasta el 49% del capital, mediante la venta del 44% por licitación nacional e internacional y un 5% destinado al personal, mientras el Estado retendría el paquete mayoritario. Desde sectores opositores y del propio sistema científico advierten que no se trata sólo de una operación financiera, sino de una transferencia de conocimiento, tecnología y soberanía a capitales privados y extranjeros, que podría desarticular capacidades construidas durante décadas en el programa nuclear argentino. En ese contexto, las denuncias por sobreprecios y direccionamiento en licitaciones de limpieza en Atucha se transforman en un símbolo de un esquema de gestión que, lejos de la promesa de eficiencia y meritocracia, abre interrogantes sobre transparencia, control y prioridades en una empresa estratégica para el futuro energético del país.
Prontuario y perfil de Demian Reidel
Demian Axel Reidel, nacido en 1971, es físico formado en el Instituto Balseiro, con un máster en matemática financiera en la Universidad de Chicago y un doctorado en Economía en Harvard, donde también se desempeñó como investigador, un recorrido académico que le otorgó prestigio en el mundo financiero y académico. Su salto a la primera línea de la política económica se produjo con Mauricio Macri: en diciembre de 2015 fue designado vicepresidente segundo del Banco Central bajo la presidencia de Federico Sturzenegger, integrando el equipo que diseñó la salida del cepo cambiario y la política monetaria de metas de inflación. Reidel fue una de las figuras que defendió ese esquema hasta el giro de diciembre de 2017, cuando el Gobierno modificó las metas; poco después, presentó su renuncia, en sintonía con la caída de Sturzenegger y la crisis de credibilidad de la estrategia antiinflacionaria.
Tras su paso por el BCRA, se asentó en Estados Unidos como gestor de fondos y consultor, acumulando un patrimonio importante y acercándose al entramado de las finanzas globales, lo que más tarde resultaría clave para su vínculo con Javier Milei. Ya en la etapa de consolidación del proyecto libertario, se convirtió en uno de los asesores económicos de mayor confianza del entonces candidato, a punto tal que su nombre sonó como posible presidente del Banco Central del nuevo gobierno, aunque finalmente no ocupó ese cargo por diferencias internas y tensiones con Luis Caputo. Sí fue ungido como jefe de asesores económicos del Presidente y luego como titular de Nucleoeléctrica Argentina, desde donde impulsó con entusiasmo la privatización parcial de la empresa, en línea con la impronta ideológica de reducir el rol del Estado y abrir espacios de negocio al capital privado.
En el ecosistema libertario se lo describe como un funcionario de alto perfil técnico, fuerte convicción de mercado y notable influencia en la agenda de reformas estructurales, al punto de ser señalado como uno de los arquitectos de la ofensiva sobre las empresas públicas, en particular en el área energética. Sus críticos, en cambio, remarcan un hilo de continuidad entre su participación en la ingeniería financiera del macrismo, que desembocó en endeudamiento récord y crisis cambiaria, y el actual proyecto de privatización de activos estratégicos como Nucleoeléctrica, ahora atravesado por denuncias de sobreprecios y direccionamiento de contratos bajo su gestión. En los pasillos del oficialismo circula el apodo “Satanás” para referirse a Reidel, un mote cuya explicación nadie termina de precisar pero que condensa la mezcla de temor, poder e influencia que despierta su figura en el corazón del gobierno.




