«Cuando el poder se encierra la democracia queda a la intemperie», por Lic. Raúl Ayala

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Hoy no asistimos a una decisión administrativa.
Asistimos a una mutación del poder.
El cierre de la Casa Rosada a la prensa dispuesto por Javier Milei no es un hecho aislado ni un exceso circunstancial. Es la cristalización de una lógica. Una forma de concebir la política donde la transparencia deja de ser un principio y pasa a ser un obstáculo.
Porque el poder que no tolera la mirada, no busca orden.
Busca inmunidad.
Michel Foucault enseñó que el poder no se limita a prohibir: organiza lo visible y lo decible. Define quién puede hablar, desde dónde y bajo qué condiciones. Cuando se clausura el acceso a los periodistas, lo que se clausura no es una sala: es la posibilidad de que el poder sea interpelado en tiempo real. Se rompe, deliberadamente, el circuito entre acontecimiento, registro y control público.
No hay aquí ingenuidad.
Hay método.
Se intenta sustituir el régimen de verdad abierto -conflictivo, plural, incómodo- por un régimen de enunciación cerrado, donde la palabra oficial no es una versión más, sino la única versión posible. Y cuando el poder se arroga esa exclusividad, deja de administrar la cosa pública para empezar a administrar la percepción.
La paradoja es brutal. El discurso libertario, que se proclamaba como antídoto contra la opresión estatal, deviene en un dispositivo de restricción simbólica. La libertad, convertida en consigna, es negada en la práctica. Porque la libertad no es la ausencia de Estado, como sostiene la simplificación ideológica, sino la existencia de contrapesos efectivos. Y entre ellos, la prensa no es un actor secundario: es una condición de posibilidad.
John Stuart Mill lo comprendió con una claridad que hoy incomoda: silenciar una opinión es robarle a la humanidad la posibilidad de confrontar, corregir y pensar. No importa si esa opinión es errónea. Lo que importa es que el debate permanezca abierto. Cuando el poder decide que no hay nada que discutir, lo que está diciendo, en el fondo, es que ya no reconoce a la sociedad como interlocutora.
Pero hay algo aún más grave.
Este cierre no es solo físico. Es semiótico. Es la negación del otro como sujeto legítimo de la palabra. Es el paso previo a su descalificación sistemática. Primero se cuestiona la credibilidad del periodismo. Luego se lo hostiga. Finalmente, se lo excluye. No es una deriva improvisada: es una secuencia.
Hannah Arendt advirtió que el autoritarismo no comienza con la violencia explícita, sino con la destrucción del espacio común donde los hechos pueden ser compartidos y verificados. Sin ese espacio, la realidad se fragmenta. Y en esa fragmentación, el poder puede imponer su relato sin necesidad de confrontarlo con nada.
En ese mismo marco -y no como un hecho aislado sino como parte de una lógica coherente- el presidente mantuvo hoy un encuentro reservado con Peter Thiel. No se trata de un empresario más. Cofundador de PayPal, inversor clave en Silicon Valley y figura influyente en el pensamiento tecnolibertario global, Thiel ha sostenido abiertamente que ya no cree compatible la libertad con la democracia tal como la conocemos. Su escepticismo hacia el sufragio universal y su apuesta por formas de poder menos condicionadas por lo público no son opiniones marginales: son parte de una corriente ideológica que ve en la democracia un límite, no una garantía.
Lo que hoy se cierra no es una puerta.
Es un umbral.
Un umbral entre la democracia como sistema de control recíproco y la política como ejercicio unilateral del poder. Entre la verdad como construcción colectiva y la verdad como producción oficial.
Y en ese desplazamiento hay una decisión ética.
Una decisión sobre el tipo de sociedad que se pretende construir.
Porque cuando el poder deja de rendir cuentas, deja de ser poder democrático.
Se convierte en otra cosa.
En algo más silencioso.
Más opaco.
Y, por eso mismo, más peligroso.
Esperamos.
Esperamos hasta las 22 para opinar.
Esperamos que el presidente tomara dimensión de la gravedad institucional de su decisión.
Esperamos un gesto mínimo de rectificación, una señal de apertura, un reconocimiento de que gobernar no es cerrarse sino exponerse al juicio público.
Pero no ocurrió.
Y ese silencio final -ese no retroceder- termina de darle sentido a todo lo anterior.
Porque cuando el poder persiste en el encierro, ya no estamos frente a un error.
Estamos frente a una definición.
La pregunta ya no es qué hace el poder.
La pregunta es qué estamos dispuestos a aceptar como sociedad.
Porque toda clausura del otro empieza como excepción.
Y termina como norma.
Puede ser una imagen de una o varias personas y texto que dice "!!!!!!!!!r CUANDO EL PODER CIERRA SUS PUERTAS, LA VERDAD EMPIEZA A QUEDAR AFUERA, OHHe, PRENSA NO ENTRAR"

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