(En un despacho en la Casa Rosada, Juan Domingo Perón, vestido con su clásico traje y corbata, está sentado detrás de un escritorio de madera oscura. Frente a él, Javier Milei, con su chaqueta de cuero, gesticula con energía. La conversación se desarrolla en un ambiente de tensión ideológica.)

Perón:
— Bueno, joven, me han dicho que usted es el presidente de la Argentina actual. ¡Caramba! Cómo han cambiado los tiempos… Cuénteme, ¿qué está haciendo por la Patria?
Milei:
— ¡Por la Patria, no, general! ¡Por la libertad! Estoy desmantelando ese engendro estatista que ustedes crearon. El Estado es una máquina infernal de saqueo y yo estoy aquí para devolverle el poder al mercado, a los individuos.
Perón:
— ¿Así que no cree en el Estado como herramienta de justicia social?
Milei:
— ¡No, por favor! La justicia social es una aberración. Es un robo disfrazado de virtud. Lo que usted hizo fue instalar el cáncer del populismo, adormecer a la gente con dádivas estatales y condenarla a la dependencia.
Perón:
— ¡Vea usted! Es curioso, porque en mi tiempo me criticaban los comunistas por no ser lo suficientemente socialista y la oligarquía por darles derechos a los trabajadores. Pero lo que hicimos no fue regalar nada, sino dar dignidad: convencimos a los trabajadores de que eran parte de la comunidad organizada.
Milei:
— ¡Colectivismo puro! Yo no quiero comunidad organizada, quiero individuos libres, cada uno cuidando su propio destino sin que un burócrata metido en una oficina decida sobre su vida.
Perón:
— ¿Y cómo cree que se construye una Nación? ¿A puro egoísmo? Porque sin comunidad, no hay Nación. Usted parece creer que el mercado, por sí solo, puede suplir la falta de un proyecto de país.
Milei:
— ¡Exactamente! El mercado es el único mecanismo eficiente de asignación de recursos. Todo lo que toca el Estado se pudre, se corrompe, se vuelve ineficiente. Su modelo llevó a crisis tras crisis.
Perón:
— Bueno, joven, en mi tiempo la Argentina tenía pleno empleo, industria floreciente y una clase trabajadora que podía comprarse una casa, un auto, mandar a sus hijos a la universidad. Usted habla de eficiencia, pero ¿de qué sirve la eficiencia si el pueblo no puede comer?
Milei:
— ¡El problema es el déficit fiscal! ¡Usted gastó más de lo que tenía y dejó una bomba de tiempo! Yo estoy aquí para corregir ese desastre.
Perón:
— No se trata solo de números, muchacho. Un país es su gente. ¿Qué sentido tiene un déficit cero si el pueblo pasa hambre?
Milei:
— ¡Porque sin déficit, baja la inflación y eso es lo mejor para los más pobres!
Perón:
— No me venga con cuentos. La economía no es solo inflación y déficit. La economía es que un trabajador pueda vivir dignamente con su salario. Usted está ajustando a los de abajo mientras deja intactos los privilegios de los poderosos.
Milei:
— ¡Yo no toco los privilegios de nadie porque no creo en la envidia ni en la lucha de clases! Cada uno tiene lo que se merece.
Perón:
— Vaya teoría la suya… Mire, la realidad es que cuando los poderosos dominan sin control, terminan explotando a los trabajadores. Y cuando el pueblo se cansa, se organiza.
Milei:
— ¡El pueblo tiene que ser libre, no organizado por el Estado!
Perón:
— Libre, sí, pero con derechos. No quiero ofenderlo, pero lo veo más cerca de Martínez de Hoz que de un patriota.
Milei:
— ¡Ja! Para mí, Martínez de Hoz fue un tibio.
Perón:
— Y ahí está su problema, muchacho. Algún día verá que un país no se construye con números, sino con corazones. Ojalá el pueblo no le haga pagar caro sus experimentos.
(Se escucha el ruido de una multitud afuera. Perón sonríe levemente, mientras Milei se cruza de brazos, molesto, y pide a Karina que convoque a Conan. La conversación termina, pero la historia sigue su curso…)




