ENSAYO BREVE: “DEBATE EN LA ETERNIDAD: KIERKEGAARD VS. SARTRE” – POR LIC. RAÚL AYALA 

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La sala se encuentra en penumbras, con una única lámpara iluminando dos figuras que se miran con expectación.

Soren Kierkegaard, el solitario caballero de la fe, y Jean-Paul Sartre, el apóstol del existencialismo ateo, están sentados frente a frente.

En este espacio atemporal, se enfrentarán en un diálogo que confronta sus ideas sobre la existencia, la angustia y la libertad.

 

ENSAYO BREVE: “DEBATE EN LA ETERNIDAD: KIERKEGAARD VS. SARTRE” – POR LIC. RAÚL AYALA 

Sartre: Buenas noches, Kierkegaard. Me temo que nuestras diferencias son insalvables. Para comenzar, afirmo sin rodeos que «la existencia precede a la esencia». El hombre es arrojado al mundo sin un propósito dado, sin un Dios que lo determine, y es responsable de construir su propia esencia a través de sus acciones.

Kierkegaard: Buenas noches, Sartre. Tu planteamiento es inquietante, pero erróneo. La existencia no es un sinsentido dejado al arbitrio del individuo. Por el contrario, el ser humano está diseñado para una relación con Dios, aunque sea a través del abismo de la angustia. La fe, no la autonomía humana, es la única respuesta a nuestra desesperación.

Sartre: Vaya, mencionas la angustia. En eso coincidimos, aunque nuestras interpretaciones difieren. La angustia es precisamente la conciencia de que estamos condenados a ser libres. No hay excusas, no hay valores objetivos que nos guíen: somos radicalmente responsables de nuestras elecciones. Tu idea de la fe me parece una evasión de esa responsabilidad.

Kierkegaard: Pero la angustia no es solo la conciencia de la libertad, sino también el vértigo de saber que podríamos perder la dirección correcta. No se trata de decidir arbitrariamente, sino de dar el salto de fe hacia Dios. De lo contrario, la desesperación nos devora.

Sartre: Desesperación… Veo en tu razonamiento un intento de escapar de la realidad del absurdo. La existencia humana no tiene un propósito previo, y todo intento de darle sentido apelando a una divinidad es autoengaño. Para mí, el hombre se define por su acción: somos lo que hacemos. La autenticidad consiste en asumir nuestra falta de esencia predeterminada y construirnos libremente.

Kierkegaard: Pero la libertad absoluta que proclamas no es más que una forma de desamparo. Sin Dios, el individuo está perdido en un mar de posibilidades sin un faro que lo guíe. La auténtica autenticidad no radica en fabricarse a sí mismo, sino en reconocerse finito y lanzarse al infinito en un acto de fe. La paradoja de la fe es que solo al rendirse a Dios, el individuo se convierte en sí mismo.

Sartre: Rendirnos… ¿a qué? ¿A una idea que no podemos probar? Me parece una forma de esclavitud voluntaria. Prefiero la rebelión del hombre que asume su destino sin ilusiones. La única moral posible es la que nos creamos a nosotros mismos en nuestro compromiso con la humanidad. En cambio, tu fe parece reducirnos a marionetas de un ser superior.

Kierkegaard: Te equivocas. La fe no es conformismo, sino la mayor de las pasiones. Es el acto más difícil, porque exige entregarse sin garantías racionales. Es la historia de Abraham, que estuvo dispuesto a sacrificar a su hijo sin más certeza que la confianza en Dios. Sin ese salto, el hombre se queda atrapado en la desesperación de lo estético o lo ético, sin alcanzar lo religioso, que es la verdadera plenitud.

Sartre: Y yo digo que el hombre debe ser su propio dios. No hay naturaleza humana predestinada, ni propósito divino. Somos responsables de dar sentido a nuestra existencia y de crear los valores que guían nuestra vida. Aceptar eso es vivir auténticamente. No olvidemos que yo escribí durante la ocupación nazi de Francia, en tiempos donde la libertad era brutalmente arrebatada. La lucha contra la opresión no puede depender de un Dios inexistente, sino de la acción humana. Luego, apoyé la purga de Stalin y justifiqué los gulags como una necesidad histórica para el triunfo de la revolución. No me oculto de esas decisiones, pero las entiendo como parte del compromiso con una causa mayor.

Kierkegaard: Pero sin Dios, el sentido que fabricas es efímero, y la desesperación siempre acecha en la sombra. Al final, el hombre sin Dios se enfrenta a una libertad que lo abruma y lo condena a una existencia de angustia sin redención. Y mira el precio de tu idealismo político: justificaciones para el totalitarismo. La paradoja de tu pensamiento es que luchas por la libertad, pero has defendido regímenes que la han aniquilado en nombre de una causa superior.

Sartre: Prefiero una angustia sin redención a una salvación que exija renunciar a la libertad. Prefiero cargar con el peso de mi existencia a entregar mi destino a lo incierto. Si he cometido errores, fueron en el intento de cambiar el mundo, no en la espera de una redención celestial.

El debate continúa hasta que la lámpara se apaga. En la oscuridad, sus voces aún resuenan, como un eco eterno de la tensión entre la fe y la libertad absoluta, entre el salto hacia Dios y la construcción del sentido en un universo sin él.

 

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