“ELOGIO A LA ESTUPIDEZ 2.0: UNA OBRA DE VIGENCIA ETERNA” – POR LIC. RAÚL AYALA

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Prólogo: Una apología necesaria

En un mundo donde el acceso a la información es instantáneo, donde la ciencia ha erradicado enfermedades y donde la democracia permite elegir gobernantes con solo pulsar un botón en una pantalla, la estupidez sigue gozando de una salud envidiable.

Se reproduce con la alegría de un virus en un festival de antivacunas, se propaga con la eficacia de un meme y se afianza con la obstinación de un burócrata decidido a defender un error administrativo.

Erasmo de Rotterdam, en su Elogio a la Estupidez, nos legó un tratado que, lejos de envejecer, encuentra en el siglo XXI su segunda juventud.

 

“ELOGIO A LA ESTUPIDEZ 2.0: UNA OBRA DE VIGENCIA ETERNA” – POR LIC. RAÚL AYALA

Para demostrarlo, este ensayo abordará el fenómeno desde distintas disciplinas, sin hacer explícito que los autores tienen un doctorado en sus respectivas áreas, pero con la certeza de que sus credenciales son tan serias como el escepticismo de un terraplanista.

 

Capítulo I: Filosofía y el arte de la insistencia en el error

La estupidez, lejos de ser un desliz momentáneo, es una postura filosófica consolidada. Platón soñaba con la República de los sabios; la realidad nos ha entregado la tiranía de los influencers.

La racionalidad cartesiana exigía dudar metódicamente, pero la posverdad nos ha enseñado que la duda es solo válida si sirve para reforzar prejuicios.

Siguiendo a Kant, podríamos preguntar: «¿Qué puedo saber?» La respuesta contemporánea parece ser: «Cualquier cosa que encaje en mi sesgo de confirmación».

Así, los seguidores de Milei aseguran que su modelo económico es infalible, los de Trump niegan el cambio climático mientras compran chalecos salvavidas y los de Macri confunden el mérito con haber nacido en la familia correcta.

En la vereda de enfrente, los de Cristina ven un plan maestro donde hay improvisación y una persecución judicial donde hay pruebas firmadas en neón.

La estupidez se revela entonces como una forma de certeza absoluta: no requiere pruebas, no necesita contrastes y, lo mejor de todo, no admite refutaciones.

Es, en esencia, el ideal filosófico del dogma sin necesidad de teología.

 

Capítulo II: Historia, o cómo no aprender de ella

Si la historia es maestra de la vida, podemos afirmar que sus alumnos han sido pésimos.
Los mismos errores se repiten con una puntualidad que haría sonrojar a un reloj suizo. Nos dijeron que el fascismo era malo, pero algunos creen que no fue tan malo si se repite con otro nombre y una dosis de redes sociales.

Nos advirtieron que el neoliberalismo generaba crisis económicas, pero nos convencieron de que esta vez será distinto porque hay gráficos en PowerPoint.

El historiador observa, con algo de ternura y mucho de desesperación, cómo se reivindican modelos fallidos, cómo se demonizan las soluciones viables y cómo la estupidez se institucionaliza en la forma de debates televisivos con expertos cuya única credencial es un canal de YouTube.

 

Capítulo III: Psiquiatría y la psicopatología de la negación

Si algo nos ha enseñado la psiquiatría es que la negación es un mecanismo de defensa primario.

Sin embargo, el siglo XXI la ha elevado a la categoría de política de Estado y filosofía de vida.

El seguidor promedio de un líder populista, sea de derecha o de izquierda, presenta síntomas que harían sonreír a Freud: pensamiento mágico, identificación proyectiva y una tendencia casi fetichista a repetir eslóganes como si fueran mantras.

Niegan la evidencia, reconfiguran la realidad y convierten en traidor a quien osa introducir el más mínimo matiz en su visión del mundo.

No podemos culparlos por completo.
Después de todo, aceptar que la vida es más compleja que una dicotomía amigo-enemigo implica un esfuerzo cognitivo incompatible con la velocidad de consumo digital.

Y como bien sabemos, el esfuerzo intelectual es la kriptonita de la estupidez militante.

 

Capítulo IV: Ciencias sociales y la industria de la ignorancia

En un sistema democrático, la política debería ser un tema de interés general.
Sin embargo, la estupidez ha logrado que multitudes proclamen con orgullo que «no les interesa la política» mientras se ven afectados por cada decisión gubernamental.

El fenómeno se refuerza con estrategias cuidadosamente diseñadas: sobrecarga informativa, polarización mediática y la conversión de la indignación en espectáculo.

La industria de la ignorancia se nutre de algoritmos que refuerzan opiniones sin desafiarlas, de tertulias donde se grita más de lo que se argumenta y de una ciudadanía que confunde «estar informado» con «haber leído un tuit viral».

Así, se consolidan masas que votan en contra de sus propios intereses, que defienden privilegios ajenos con más fervor que sus propios derechos y que convierten en ídolos a personajes cuyo mayor mérito es la fotogenia en afiches electorales.

 

Epílogo: Un futuro prometedor para la estupidez

A la luz de este análisis, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que la estupidez goza de una robustez admirable.

Se reinventa, se adapta y encuentra nuevos canales de difusión con la creatividad de una start-up. Mientras la inteligencia requiere paciencia, escepticismo y autocrítica, la estupidez solo necesita una buena frase pegajosa y la convicción de quien nunca ha dudado de nada.

Erasmo de Rotterdam no imaginó que su obra se convertiría en un manual profético.

Quizá, si estuviera entre nosotros, escribiría una secuela. Pero, pensándolo bien, ¿para qué molestarse? La realidad ya se encarga de hacerlo por él.

 

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