Desde su concepción, las redes sociales han sido mucho más que simples herramientas tecnológicas; han constituido puentes que prometían conectar a las personas y democratizar el acceso a la información.
Sin embargo, ese ideal ha evolucionado -o quizás involucionado- en un ecosistema dominado por algoritmos, intereses corporativos y, más recientemente, por el impacto creciente de la inteligencia artificial (AI, por sus siglas en inglés).
Es necesario reflexionar sobre cómo este cambio ha erosionado su carácter «social» y qué transformaciones son urgentes para devolverlas al servicio de la sociedad.
Orígenes y evolución de las redes sociales
El origen de las redes sociales modernas puede rastrearse hasta SixDegrees.com en 1997, un espacio que permitía crear perfiles y conectar con amigos bajo la premisa de los six degrees of separation (seis grados de separación). Aunque innovadora, su infraestructura limitada y la falta de un modelo de negocio sostenible marcaron su fin.
Luego vinieron Friendster, MySpace y, finalmente, Facebook en 2004, la red que moldeó la interacción digital global.
Bajo el liderazgo de Mark Zuckerberg, Facebook introdujo una interfaz accesible y un algoritmo que, al principio, parecía optimizar la experiencia social.

Posteriormente, plataformas como Twitter (2006), Instagram (2010) y TikTok (2016) diversificaron el formato, desde el microblogging (microblogs) hasta los videos cortos.
Estas redes ofrecieron una promesa de interacción inmediata, pero también sembraron las semillas de lo que hoy reconocemos como burbujas informativas y superficialidad.
La influencia de la inteligencia artificial en las redes sociales
La integración de inteligencia artificial marcó un punto de inflexión.
Por un lado, permitió personalizar la experiencia del usuario: los algoritmos decidían qué contenido mostrar en función de nuestros intereses.
Pero esa personalización no fue neutral. Dio lugar a las llamadas filter bubbles (burbujas informativas), que aislan a los usuarios en cámaras de eco donde solo encuentran visiones afines. Así, lo que se suponía conectaba, fragmenta.
Además, la IA facilitó la creación de automatically generated content (contenido generado automáticamente), desde noticias falsas hasta deepfakes (videos hiperrealistas manipulados).
La desinformación ya no es accidental, sino una estrategia deliberada que utiliza la tecnología para confundir, polarizar y manipular.
Redes sociales: de lo social a lo antisocial
Lejos de fortalecer los lazos comunitarios, las redes sociales han alimentado dinámicas de comparación constante, adicción al reconocimiento digital y desconexión emocional en el mundo real.
La «brain rot» (podredumbre cerebral), término que alude al impacto del consumo superficial en nuestras capacidades cognitivas, es un síntoma alarmante de este modelo.
Sin regulación, los algoritmos optimizan solo aquello que genera clics y retenciones: contenido polarizante, desinformación y escándalos.
La conversación pública ha sido secuestrada por métricas frías, dejando en el margen lo que realmente enriquece.
Transformaciones necesarias para un servicio social auténtico
1. Transparencia en los algoritmos: Las plataformas deben explicar cómo funcionan sus algoritmos y ofrecer a los usuarios herramientas para decidir qué contenidos priorizar. Este paso devolvería parte del control al ciudadano.
2. Fomento de la diversidad informativa: Es fundamental romper con las burbujas informativas que limitan la percepción del mundo. Las redes deben garantizar que todas las voces, incluso las discordantes, tengan visibilidad.
3. Educación digital: No se puede esperar un uso crítico de estas plataformas sin alfabetización mediática. Enseñar a identificar desinformación y entender el impacto de los algoritmos debe ser una prioridad educativa.
4. Regulación ética de la inteligencia artificial: Los gobiernos y las empresas tecnológicas deben acordar estándares que limiten el uso de la IA para manipulación, priorizando siempre los derechos humanos sobre el lucro.
5. Promoción de la interacción humana auténtica: Las plataformas deben incentivar interacciones significativas entre los usuarios, priorizando conexiones reales sobre la mera acumulación de seguidores o la difusión de contenido viral.
Un caso práctico en Formosa: el Chatbot colaborativo
En la provincia de Formosa, el doctor Marcelo Puglieso, docente universitario, trabaja junto a un grupo de alumnos en el desarrollo de un Chatbot.
Un Chatbot, o asistente conversacional, es un programa impulsado por inteligencia artificial diseñado para interactuar con los usuarios mediante texto o voz, respondiendo preguntas y resolviendo dudas en tiempo real.
Lo innovador de este proyecto radica en su objetivo: crear un Chatbot que no solo utilice información local de la provincia de Formosa, sino que esté abierto a aportes y correcciones de los usuarios.
Este enfoque fomenta un uso responsable y colaborativo de la inteligencia artificial generativa, alineando tecnología con valores educativos y sociales.
El Chatbot no solo busca proporcionar respuestas útiles, sino también convertirse en una herramienta comunitaria que crezca y se perfeccione con la participación activa de las personas, promoviendo así el potencial de la IA al servicio del bien común.
Conclusión
Las redes sociales, en su forma actual, han traicionado su propósito original.
Bajo la influencia de la inteligencia artificial, han pasado de ser herramientas sociales a máquinas de aislamiento y desinformación.
Sin embargo, este no tiene por qué ser su destino final. Recuperar su esencia requiere una acción conjunta: rediseñar algoritmos, educar a los usuarios y, sobre todo, cuestionar el modelo económico que prioriza métricas sobre personas. Ejemplos como el Chatbot en Formosa nos muestran que es posible alentar un uso constructivo de la inteligencia artificial, poniendo la tecnología al servicio de las personas y no al revés.
Si logramos esto, quizá podamos devolver a las redes su verdadero apellido: sociales.




