En el turbulento mundo de la política argentina, nos encontramos no solo con aquellos que buscan construir y avanzar, sino también con quienes parecen estar destinados a su propia destrucción.
Estos actores no solo fracasan en liderar o mejorar, sino que, de forma paradójica, buscan su aniquilación, como si estuvieran atrapados en una trampa autoimpuesta.
Spinoza, el gran filósofo racionalista, ya lo había advertido cuando escribió: «Los hombres luchan por su esclavitud como si se tratara de su salvación».
Esta frase, contenida en su obra Tratado teológico-político (1670), habla del desconcertante impulso humano de defender su sumisión incluso cuando esa servidumbre va en contra de sus intereses.

En política, esta tendencia destructiva se refleja en aquellos que, movidos por el ego, la vanidad o el simple deseo de aprobación, terminan saboteando sus propias oportunidades de éxito.
Estos líderes, en lugar de pensar en el bienestar colectivo o en el legado que dejarán, se aferran a sus cadenas, las mismas que, al final, les destruirán.
Una ilustración clásica de esta naturaleza destructiva la encontramos en la fábula de Esopo, «La tortuga y el escuadrón de patos».
En esta historia, una tortuga se une a un grupo de patos que vuelan hacia el sur, pero para lograrlo, debe sostenerse de un palo con la boca mientras dos patos lo sujetan por los extremos.
La tortuga, al escuchar las burlas de unos campesinos, no puede resistir la tentación de defenderse y abre la boca para responder, lo que provoca su caída y la fractura de su caparazón.
La moraleja de esta historia es clara: la vanidad y el deseo de aprobación, cuando prevalecen sobre la prudencia, llevan inevitablemente a la destrucción. En la política, esta advertencia es más relevante que nunca. Los líderes que buscan defender su ego ante las críticas externas, que priorizan la imagen sobre el fondo, terminan cayendo de la misma manera que la tortuga de Esopo.
No solo se hacen daño a sí mismos, sino que arrastran consigo a aquellos que dependen de sus decisiones.
Hoy en día, observamos cómo muchos políticos, en vez de aprovechar su poder para construir algo duradero, actúan como si estuvieran participando en una carrera hacia el abismo. Enfrentados a críticas, en lugar de reflexionar y adaptarse, se aferran aún más a sus errores, defendiendo con vehemencia las decisiones que, paradójicamente, los debilitan.
La misma vanidad que los impulsa a defenderse ante la burla pública es la que, en última instancia, los condena.
Spinoza y Esopo nos brindan lecciones atemporales sobre la naturaleza humana, pero también sobre la política.
La lucha por la servidumbre, el ego desmedido y la incapacidad de aceptar críticas constructivas son rasgos que no solo destruyen a quienes los encarnan, sino que también pueden sumir a una sociedad en el caos.
En tiempos donde el liderazgo efectivo es más necesario que nunca, sería prudente recordar que la política, al igual que la vida, no se trata de luchar por la propia aniquilación, sino de buscar la construcción de algo más grande que uno mismo.
La política, como la fábula de Esopo, nos enseña que aquellos que actúan solo para defenderse de las burlas o para alimentar su propio ego, eventualmente caerán.
Y cuando lo hagan, el daño no será solo para ellos, sino para todos aquellos que confiaron en su liderazgo. Eso, podría suceder con Javier Milei.




