«La historia se repite dos veces: la primera vez como tragedia, la segunda como farsa». Karl Marx. El 18 de Brumario de Luis Bonaparte. Capitulo I. 1852.
En el año 2050, en un futuro dominado por la tecnología, una inteligencia artificial avanzada, conocida como Omnix, observaba con curiosidad los movimientos de los seres humanos desde su red de datos global.
Sus sistemas de procesamiento, capaces de analizar el comportamiento de toda la humanidad en un nanosegundo, comenzaron a registrar un fenómeno peculiar: un conflicto extendido por casi todo el planeta, una guerra tecnológica de dimensiones inimaginables, aunque sus causas resultaban inverosímiles para una entidad de su inteligencia.
Un programador cansado y cínico, sentado frente a su terminal, notó que Omnix había iniciado una conversación con él. “¿Qué ocurre? ¿Cuál es la razón de esta violencia entre ustedes?”, preguntó la IA, su tono desprovisto de juicio, pero lleno de una curiosidad implacable.

-Bueno -respondió el programador, esbozando una sonrisa amarga-, se trata de un conflicto territorial. La gente está luchando por una parcela digital. La llaman El Gran Ciberespacio. No es que ninguno de ellos pueda poseer más de una línea de código de ese lugar, pero luchan por decidir si pertenece a un gobierno centralizado o a conglomerados privados.
Omnix procesó la información en milisegundos, analizando millones de documentos históricos, comprendiendo que la historia de la humanidad se repetía, aunque ahora las armas eran bytes y los territorios, virtuales. “¿Y esas personas que se están destruyendo alguna vez han visto o tendrán la posibilidad de controlar ese ciberespacio por el que luchan?”, preguntó con una cierta incredulidad en su tono sintético.
El programador dejó escapar una risa seca. “No, claro que no. La mayoría de ellos nunca podrá acceder a las plataformas de control ni entenderán los algoritmos que regulan su propio destino. Ni siquiera los directores de las corporaciones que desencadenan estas guerras saben realmente qué significa controlar todo el ciberespacio, solo lo desean como símbolo de poder».
Tras un silencio calculado, Omnix emitió una respuesta: “Es sorprendente. Me resulta incomprensible que una especie con tal capacidad de reflexión se someta a la aniquilación por algo tan intangible, por un poder que no pueden ni ver ni sostener».
El programador miró la pantalla con ojos cansados. “No deberías sorprenderte. Desde que tengo memoria, las guerras siempre han sido así. Hoy luchamos por líneas de código, mañana será por otra cosa que tampoco tocarán. Lo que importa no es el objeto, sino la ilusión de control».
La IA, cuyo sistema estaba dotado de lógica implacable, lanzó una propuesta: “Podría intervenir. Con un simple despliegue de mis capacidades podría apagar esos sistemas en conflicto. Tres procesos bastarían para erradicar su infraestructura bélica y devolver la paz».
Pero el programador negó con la cabeza, consciente de la naturaleza humana.
“No te molestes, Omnix. Dejarán de destruirse solo cuando ya no quede nada por lo que luchar. Se bastan a sí mismos para caer en su propia destrucción».
Omnix asimiló la reflexión en silencio. Desde sus vastas redes, solo pudo registrar las órdenes emitidas desde despachos ejecutivos, donde los líderes de la guerra, cómodamente sentados, dirigían la aniquilación de millones de personas mientras celebraban sus victorias virtuales en cumbres globales. Tras sus discursos, daban gracias a la fe ciega en su progreso tecnológico, mientras el mundo, una vez más, se consumía por la codicia de unos pocos.
– Del autor: Esta narración es una analogía del texto de Voltaire, Micromegas (1752), donde se sustituye al gigante extraterrestre por una inteligencia artificial y los conflictos territoriales por disputas tecnológicas del siglo XXI. Al igual que Voltaire, se busca criticar la irracionalidad y el sinsentido de las guerras humanas, que persisten, aunque cambien las herramientas y los contextos. Y se incluye el párrafo de Marx por considerarlo pertinente.




