* Raúl Ayala
Las intrigas cortesanas en el gobierno de Javier Milei están escalando a niveles preocupantes, resquebrajando la ya frágil cohesión interna del oficialismo.
En un panorama marcado por la crisis económica y el creciente malestar social, las peleas internas entre Karina Milei, la hermana y tarotista presidencial, y la vicepresidenta Victoria Villarruel, defensora del terrorismo de Estado, así como los conflictos de Karina con el influyente Santiago Caputo, el «López Rega libertario», no hacen más que debilitar un gobierno que enfrenta severos desafíos.
Las recientes revelaciones del periodista Carlos Pagni en su programa Odisea de L+, donde se expuso la existencia de cuentas anónimas en X manejadas supuestamente por Santiago Caputo, han encendido aún más la mecha de la discordia.
Entre estas cuentas se destaca @bprearg, desde donde se lanzaron ataques personales contra Francisco Paoltroni, senador por La Libertad Avanza, sugiriendo que su carrera política está terminada.
Estas acusaciones surgieron minutos después de que Paoltroni criticara a Caputo por impulsar al controvertido juez Ariel Lijo hacia la Corte Suprema.
La pregunta que debemos hacernos es si estas disputas palaciegas son simplemente el reflejo de un gobierno en descomposición, o si estamos ante la implementación consciente de una estrategia de cohesión interna basada en la creación de enemigos, tal como lo sugieren los pensadores Umberto Eco, Ernesto Laclau y Carl Schmitt, que abordamos en una reciente columna.
El uso de enemigos internos y externos como mecanismo de control no es nuevo en la política, pero en este caso, las luchas intestinas están erosionando rápidamente la autoridad de un presidente que, sin un plan claro para el crecimiento, parece haber optado por la austeridad extrema como único camino.
En un contexto donde la pobreza alcanza niveles alarmantes, con un 60% de la población al borde de la desesperación, la percepción pública sobre las luchas en el círculo cercano de Milei no puede sino agravar la sensación de que el gobierno está más preocupado por sus propias intrigas que por resolver los problemas reales del país.
La comparación con el deslucido gobierno de Alberto Fernández es inevitable, pero hoy las peleas cortesanas de Milei han pasado a ocupar el centro del escenario, desplazando cualquier intento de gobernar con seriedad.
Las revelaciones de Pagni, junto con la creciente evidencia de que Santiago Caputo utiliza cuentas anónimas para influir y amenazar, pintan un cuadro preocupante. Caputo, quien nunca ha desmentido la autoría de estas cuentas, parece disfrutar del halo de misterio que las rodea, mientras se dedica a atacar tanto a opositores como a aliados.
Esta semana, la cuenta @bprearg replicó un críptico mensaje inspirado en las profecías de Benjamín Solari Parravicini, lo que no hizo más que aumentar la especulación sobre las verdaderas intenciones del asesor presidencial.
Es imperativo que nos preguntemos si este estilo de gobierno, basado en la manipulación y el espionaje, puede sostenerse en un país donde la democracia, aunque frágil, sigue siendo un valor esencial.
Las peleas cortesanas, los espías de X y las profecías apocalípticas pueden resultar entretenidas en los pasillos del poder, pero para el pueblo argentino, agobiado por la pobreza y la incertidumbre, estas luchas solo evidencian la desconexión de un gobierno que prometió el cambio, pero que hasta ahora solo ha entregado caos.
La historia nos ha mostrado que las intrigas palaciegas rara vez terminan bien para aquellos que las protagonizan. Y en un momento en que Argentina necesita soluciones reales y liderazgo firme, las disputas internas del gobierno de Milei solo auguran más inestabilidad y desesperanza.




