«La construcción del enemigo: ¿estrategia válida para la unidad? – Por Raúl Ayala

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En la historia argentina, la construcción de un enemigo externo para promover la unidad nacional no ha sido una práctica común. Sin embargo, existe una excepción notable: la guerra de Malvinas. Este conflicto, aunque originado por un régimen dictatorial en busca de legitimidad, logró forjar una unidad en torno al sacrificio y valor de los soldados, quienes son recordados con honor cada 2 de abril. No obstante, la pregunta que surge es si es válido construir un enemigo externo para lograr la unidad nacional o si esta estrategia, en última instancia, nos lleva a la fragmentación y la manipulación.

 

Umberto Eco, en su obra «Construyendo al Enemigo», sugiere que la existencia de un enemigo es esencial para definir nuestra identidad y fortalecer la cohesión interna. Sin embargo, Eco también advierte sobre los peligros de esta construcción, especialmente cuando el enemigo no existe y debe ser fabricado para mantener la unidad nacional. Este fenómeno ha sido evidente en varias naciones, donde la falta de un enemigo claro ha generado crisis de identidad. Un caso notable es el de Estados Unidos, que, tras la desaparición de la Unión Soviética, vio peligrar su identidad hasta que encontró un nuevo enemigo en el terrorismo tras los ataques del 11 de septiembre de 2001. Este ataque permitió a Estados Unidos redefinir su unidad nacional en torno a la lucha contra el terrorismo global, reviviendo la narrativa de un enemigo externo que justifica la cohesión interna.

En este contexto, la teoría política de Ernesto Laclau cobra relevancia. Laclau, autor predilecto del kirchnerismo, propone que la política es inherentemente agonal, un campo de lucha constante entre antagonismos. Según Laclau, la construcción de un enemigo no solo puede fortalecer la cohesión de un grupo, sino que también es una herramienta para articular demandas sociales diversas dentro de un discurso hegemónico. Sin embargo, esta visión agonista de la política también implica una fragmentación social, donde la polarización se convierte en una constante. En lugar de buscar la unidad nacional, la política se convierte en un espacio de conflicto permanente, donde las identidades se construyen en oposición al otro.

Por otro lado, Carl Schmitt ofrece una perspectiva que complementa y enriquece la reflexión. Schmitt, en su tesis de la distinción amigo-enemigo, plantea que lo político en un país se define precisamente por la existencia de un enemigo externo. Según Schmitt, la identidad política de una nación se consolida en torno a la defensa frente a un enemigo común, lo que justifica la cohesión interna y otorga legitimidad al poder estatal. Sin este enemigo, argumenta Schmitt, lo político pierde su esencia, y la unidad nacional se debilita.

Estas ideas nos llevan a reflexionar sobre el ámbito político argentino, caracterizado por su naturaleza agonal y por frecuentes faltas de valores éticos y morales. En este entorno, surge la interrogante de si este sistema ha sido el caldo de cultivo para figuras como Javier Milei, quien representa una postura antisistema y anti-Estado, llevando la política a lo más burdo y cruel. ¿Hemos sido arrastrados hacia esta realidad por un sistema político que, en lugar de promover la unidad a través de valores compartidos, ha optado por la polarización y la manipulación?

La manipulación propagandística, como lo postula Edward Bernays, sobrino de Freud y pionero de la propaganda moderna, es otra dimensión a considerar. Bernays mostró cómo las élites podían manipular a las masas mediante la propaganda, un fenómeno que hoy se ha potenciado con la comunicación instantánea y las redes sociales. La manipulación se ha vuelto más sofisticada, creando burbujas informativas que refuerzan prejuicios y dividen aún más a la sociedad.

El caso de Argentina plantea una reflexión profunda: ¿Es posible construir una identidad nacional sólida sin recurrir a la creación de enemigos externos? ¿O estamos condenados a repetir un ciclo de manipulación y fragmentación que solo beneficia a aquellos que buscan perpetuar su poder a costa de la cohesión social? En tiempos donde la propaganda y la comunicación instantánea pueden distorsionar la realidad, es más crucial que nunca cuestionar las narrativas que nos son impuestas y buscar una unidad basada en valores, en la justicia social y la inclusión, en lugar de en la demonización del otro.

 

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