Nueve barras en el vestuario del árbitro y connivencia entre dirigentes y policías: cómo terminó la causa por la apretada a Sergio Pezzotta el día del descenso de River

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Pezzotta pasó un momento difícil en el entretiempo en el Monumental y lo describió ante la Justicia (Nicolás Stulberg)
Pezzotta pasó un momento difícil en el entretiempo en el Monumental y lo describió ante la Justicia (Nicolás Stulberg)

El primer tiempo había terminado 1 a 0. A River aún le faltaba un gol para soñar con dar vuelta la historia y quedarse en Primera. Apenas Sergio Pezzotta dio por terminado esos 45 iniciales, desde el celular de la barra se marcó el número de teléfono de un dirigente. Se pedía autorización para un verdadero descenso a los infiernos: ir a apretar al árbitro al vestuario. Y para eso se necesitaba primero la venia, después que se despejara el terreno del anillo interno que da a los camerinos de la terna arbitral. Para esto último había que hablar con la Policía para que dejara pasar a los muchachos, que pensaban que podían desde su poder de fuego hacer lo que Pavone y compañía no lograban dentro del campo de juego. La respuesta fue inmediata: “Háganlo ahora pero háganlo rápido”. ¿Quién la pronunció? El secretario del club Daniel Bravo, según declaró ante el fiscal José María Campagnoli uno de los más importantes miembros de la Unidad de Violencia en el Fútbol del Ministerio de Seguridad de Nación.

Al instante se pudo descubrir toda la trama, gracias a los videos que en su momento este cronista logró mostrar en exclusiva. En ellos se ve cómo el hombre fuerte de seguridad del club, Gabriel Riccio, convoca a quien estaba considerado el nexo entre la barra y la dirigencia, Javier Jajo Biernakowicz, y al vocal Nestor Bebote Morelli, que además era el encargado del estadio y les da indicaciones. Segundos después el primero habla ya en el anillo interno con el jefe de Los Borrachos del Tablón, Martín Araujo, mientras que el segundo conversa con el jefe de brigada de la Policía Federal, Matías Ponce, poniéndolo al tanto de lo que va a ocurrir en instantes. Y lo que ocurre es que los nueve capos de la barra brava de River, con el terreno despejado, llegan hasta el vestuario de Pezzotta. Tocan la puerta y cuando ésta se abre y ante la sorpresa de la terna, amenazan al árbitro pronunciando las palabras clave: “Ponete las pilas que tenemos que ganar porque si no, no salen. Hacé algo, hacé cualquier cosa, cobrá un penal, porque si no ganamos, de acá no salen”. Y, cumplida la faena, se retiraron con la misma complicidad de la dirigencia y la Policía para volver al paravalanchas principal de la tribuna Sívori.

Pezzotta quedó en shock. Acompañado por los jueces de línea Javier Uziga y Francisco Noguera pidió la presencia del hombre de Nación encargado de Seguridad al que le contó lo ocurrido. El jefe de la Comisaría 51 se apersonó y le dio garantía para que siguiera el partido. Pezzotta dudaba pero lo convencieron cuando se planteó un escenario mucho peor: lo que podría suceder en el estadio si se suspendía el encuentro y se conocía el por qué. Finalmente salió, dirigió, cobró un penal que Pavone malogró y River tras el empate de Farré terminó descendiendo aquel histórico 26 de junio de 2011, del que ya pasaron diez años.

¿Pero qué ocurrió con la causa judicial? Como tantas otras veces, el proceso duró años y no tuvo resultados demasiado satisfactorios. La carátula era amenazas coactivas agravadas por ser realizadas en un espectáculo deportivo, que contempla pena de hasta cinco años de prisión. Los nueve barras, el policía Ponce y los tres hombres de Daniel Passarella en el club que participaron fácticamente de la maniobra fueron elevados a juicio ante el Tribunal Oral Criminal 28. Todos los imputados propusieron la probation para zafar de la posible pena. Se hizo una audiencia preliminar con ellos y el árbitro. Y a diferencia de tantos rumores malintencionados que se hicieron correr, Pezzotta no solo contó con lujo de detalles ante los magistrados la apretada sino que identificó a los barras a través de las imágenes de video y en la audiencia, señalándolos, afirmó: “Son esos de ahí”. Además narró que tras lo ocurrido debió iniciar un tratamiento psicológico por el trauma, mudarse de Rosario a Victoria, Entre Ríos, porque se sentía amenazado, vivir con custodia y que tuvo un perjuicio profesional y económico ya que no lo designaron para la final de la Copa América de ese año en el Monumental entre Uruguay y Paraguay, por más que por ranking le correspondía, porque le dijeron que “en River podía tomarse como una provocación y pasarla mal”.

No parecía que hubiese mucho más que definir que sentar a los violentos en el banquillo y condenarlos. Pero en un giro insólito, el Tribunal aceptó el pedido de los barras y les concedió el beneficio de la probation que incluía un año de trabajos comunitarios en hospitales y ONG’s, derecho de admisión a los estadios por ese lapso y una reparación monetaria para el árbitro. Diez años después, la mayoría de esos barras siguen comandando la tribuna de River y generando violencia y algunos hasta quedaron implicados en enfrentamientos armados y están involucrados en múltiples causas judiciales.

¿Cuál fue el destino judicial de Passarella y el resto de la CD? Sobre ellos se abrió otra causa por omisión de recaudos de seguridad en el ámbito de la justicia porteña que llevó adelante el fiscal Gustavo Galante y que terminó también en probation. El ex presidente y ocho dirigentes entre los que se encontraban el vicepresidente Diego Turnes, mano derecha después de Chiqui Tapia en Barracas Central, y el secretario general Daniel Bravo, acordaron pagar una multa económica y hacer un curso de organización de espectáculos masivos, más un taller de convivencia urbana para cerrar el proceso. Un año después se les abriría a Passarella y su cúpula directiva y a la plana mayor de la barra otra causa judicial por defraudación por administración fraudulenta por, entre otras cosas, el negocio de la reventa de entradas, causa que está elevada a juicio desde febrero de 2020 ante el Tribunal Oral 11 y que esperemos no termine igual que la de aquel bochornoso capítulo de la historia de River ocurrido exactamente un día como hoy, diez años atrás.

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