Cai Aimar, a corazón abierto: las enseñanzas inolvidables de Griguol, el día que rescató de River a Batistuta y los entretelones de sus “peleas” con Vignolo

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Caí Aimar y Carlos Griguol
Aimar y Griguol, juntos. «Es mi segundo padre», lo define el Cai

-¿Andás todo el día a las puteadas o sólo las dos horas en TV?

-No me gusta ser falso. Si la discusión que tengo en F90 se llega a dar fuera del aire, reacciono igual. No porque estoy en televisión me tengo que cuidar. Yo soy de esa manera. Digo lo que siento. Así me crié. Y por suerte nunca me dijeron nada en el canal. Si me llegaran a decir, por supuesto que lo modificaría porque yo respondo a un programa. Hay que respetar al grupo y a quienes definen una línea. Igual no veo mal la puteada porque cuando estamos en la calle decimos malas palabras. ¿Entonces por qué voy a cambiar en pantalla? ¿Mejor digo “es incorrecto lo que expresó tal jugador” y cuando vamos al corte tiro “la concha de su madre, ¿cómo respondió así?”. Nooooo. Yo entiendo que hay una responsabilidad. Pero me gusta que el comunicador sea genuino. Como es en su vida.

Genuino puede ser una palabra para definir al Cai Aimar. El significado sería alguien auténtico, natural. Aunque quedaría chico el calificativo. Todos los días a las 13 horas por ESPN -en F90, un clásico de la TV- se ven sus rasgos. Pero hay un detrás de escena que se descubre en la intimidad. Hasta antes de la pandemia, una vez por mes recibía en su casa a los jugadores del Boca de fines de los 80 y arranque de los 90 para compartir un asado. Los futbolistas suelen tomar distancia del entrenador exigente. Más con los años. A él lo consideran un maestro. Es un líder positivo. Desde esa perspectiva hay que darle valor a ver a Quique Hrabina en su rol de asador para un plantel que junta a Batistuta, Márcico, Latorre, Navarro Montoya, Juan Simón, Mac Allister, Walter Pico, Marchesini, a veces Blas Giunta, Chicho Gaona, Ivar Gerardo Stafuza, Carlos Moya, Pogany… La idea se ratifica al ver que hay entrenadores jóvenes que le piden al Cai reunirse para escuchar sus experiencias en Boca, River, San Lorenzo, Logroñes, Celta y tantos otros equipos. Y más íntimo, al saber del respeto que le tienen todos sus compañeros en la televisión. Se festejó con un programa especial cuando cumplió 70 años -hace algunos meses- y ahora recibió el saludo al aire por la segunda dosis de la vacuna contra el COVID-19. Allí es alguien que no tiene contra. Es el tipo humilde que saluda a Ruggeri del mismo modo que al empleado más nuevo del edificio. Marca un camino de respeto. Puede ser con un ejemplo de su vida o con una cruda mala palabra. Hoy y siempre, el Cai es griguolista.

-¿Por qué querés volver a dirigir a Ferro? Vos varias veces habías dicho que estabas retirado.

-Me puse a pensar en la experiencia que tuve como entrenador en la Argentina, en Europa. Y siento que podría aportar un montón de cosas. Especialmente para los jóvenes. Para educarlos. Formarlos. Por eso un día miré a la cámara y dije “quiero volver a dirigir, me gustaría tomar un café con la gente nueva que maneja un club que amo como Ferro”. Igual yo sé que ha cambiado mucho el fútbol. Antes vos lo puteabas a uno y cuando terminaba el partido salías abrazado. Ese mundo distinto es lo que me frena un poco el deseo de volver.

-¿La pandemia fue el empujón para querer volver al día a día?

-Sí. La pandemia me liquidó. Me quitó mi ritmo de vida. Yo soy de ir y venir todos los días. Ahora tenés que estar encerrado en tu casa y a veces ni siquiera podés ver a tus hijos y a tus nietos. Tenés miedo de contagiarlos. Ya me di la vacuna pero me debo seguir cuidando. Y lo peor de todo es que no sabés cuándo va a terminar esta locura. Con lo hijo de puta que son los políticos es imposible ver el final. Esa intriga te angustia. Uno es grande. Los años que te pueden quedar los querés disfrutar. Por eso pensé en volver a entrenar un equipo. Yo voy todos los santos días a la plaza de Devoto y hago mis 8 kilómetros de caminata rápida. Eso me permite descargar un montón. Pero estar en una cancha me sacaría del encierro que sufro.

-¿Qué es lo que más extrañás del fútbol?

-Manejar un grupo. Darles consejos a los jóvenes. Decirles qué tienen que hacer con la plata que van ganando. Guiarlos para que agarren un buen camino. Me quedó grabado lo que me decía Griguol. El futbolista siempre tenía la costumbre de comprarse un auto de 5 cuadras con la primera plata que ganaba. Y ellos no tenían una casa o los padres tal vez alquilaban…

-Por eso tu enorme dolor al enterarte de la muerte de Timoteo.

-Timoteo fue mi segundo papá. Me aconsejó siempre. Por eso me quebré al aire al recordarlo en F90. Mi carrera fue gracias a él. Cómo pienso hoy es gracias a él. Un genio. Un adelantado. Y eso que yo lo tuve como entrenador en la década del 70 y después trabajamos juntos en los 80. El Viejo te enseñaba más allá de cómo pegarle a la pelotita. Era una formación integral. Durante muchos años íbamos a almorzar después de los entrenamientos y cuando yo iba a pagar, me miraba fijo y me decía: “Guardá eso. Pago yo. Vos tenés que darles de comer a tus tres hijos”. Era un mensaje de alguien muy generoso. Son cosas que no voy a olvidar jamás. Nunca me despegué de Griguol. Ahora, al enterarme fue un dolor inmenso. Sabía que no estaba bien pero igual es muy difícil. Te repito: Timoteo fue mi segundo papá.

-¿Qué sentiste la semana pasada al leer o escuchar en algunos medios que estaba muerto cuando no era cierto?

-Sentí vergüenza ajena. No pude creer que parte del periodismo saliera a decir como si nada que Griguol había muerto. Lo dijo uno y otros repitieron como loros. Fue un impacto fuertísimo para la familia. Yo estuve hablando con Bety, la esposa del Viejo. Con Karina, la hija. Con Víctor Marchesini, el ex jugador de Ferro y Boca, que es el yerno. No sabés la bronca que tenían ellos, igual que los nietos. Los llamaban de todos lados porque creían que estaba muerto. ¿Alguien me puede explicar como parte del periodismo puede salir a decir algo así sin tenerlo 100 por ciento confirmado? Esas personas no quieren a su profesión. Me hace tanto daño… Imaginate que abrís el teléfono y dice que se murió tu viejo, o tu abuelo. Te preguntás qué pasó. Estás re angustiado. Ahí hablás con los médicos y te aseguran que es mentira. Dejate de hinchar las pelotas. Me gustaría que tengan los huevos de publicar mi crítica a esa parte del periodismo. Al resto, al que hace bien su laburo -porque conozco muchos periodistas serios- saben que no es para ellos.

-¿Era cierto que con Griguol había jugadores que dejaban el auto a una cuadra del lugar de entrenamiento para que no se lo viera? Se cuenta que hasta el Mago Garré estacionaba a 3 cuadras en Ferro.

-Sí. Porque el Viejo miraba los autazos de los pibes y les decía “hermoso el coche, ¿pero dónde está el inodoro?”. O les preguntaba por la casa de los padres, que no tenían un techo propio… Cada un par de meses también se armaban charlas con psicólogos. Te cuidaba hasta con el sexo. Cómo comer, cómo entrenar. Les daba todas las herramientas a los chicos.

Carlos Aimar con Griguol
El Maestro, en Central, le toca la cabeza a un joven Aimar

-¿Qué pasaba si era la figura del equipo el que erraba el camino o tenía un acto de mala conducta?

-El Viejo lo sacaba aunque fuera la figura. Después le explicaba cómo era ser un buen profesional para desarrollar su talento. Hay muchos chicos que necesitan que les vaya bien para poder ayudar a sus viejos. Para que te vaya bien tenés que jugar. Y para jugar te tenés que cuidar… Debés hacerles entender que todo eso es necesario para cumplir ese sueño. ¿Sabés lo que es regalarle una casa a tus viejos? No te lo olvidás nunca más en tu vida, loco.

-¿Griguol fue reconocido en su real dimensión mientras dirigía?

-No. Estoy seguro que no. Es más: cuando decían que Griguol era defensivo me enfermaba. ¡Todo lo contrario: todos los trabajos eran para atacar mejor! Pasa que muchos le pegaban al Viejo porque defendían a Menotti. En el periodismo estaba la disputa Menotti vs. Bilardo. Y a Timoteo lo ponían del lado de Bilardo. Después, además, Ferro no vendía diarios. Ferro le ganaba a Boca y el título era “perdió Boca”. O “perdió River”. Ahora entendí que es un negocio. Es lógico. Pero hablame un poquito de Ferro, ja.

-Griguol fue un buen tipo. Vos también. ¿Qué sentís cuando se dice que hay que ser malo para que te vaya bien porque si no los jugadores te comen?

-No hay que ser malo para que te vaya bien. Vos tenés que ser respetuoso. Mostrar una buena formación para seducir al jugador. Que diga “éste sabe, no es que habla sólo porque fue jugador”. Yo todo lo que digo lo viví. Eso te da la experiencia. Y después es clave ir siempre con la verdad. No sólo en el fútbol sino en la vida. Aunque a veces contás con los dedos de la mano a los que van con la verdad… Para que quede claro: no es que el buen tipo es un boludo y pierde. Podés ser buen tipo y ganar. Era buena la frase de Alejandro Sabella, que siempre decía “hay que ser mejor persona para ser mejor profesional”.

-Daba consejos de vida. Siempre se impuso desde el trabajo. Llevó tácticas del básquet al fútbol. Contá algo del Timoteo que no vimos nunca.

-Es que todos lo vemos a Timoteo serio porque te tenía cortito. Me gustaba que después -en la intimidad- te mostraba su otra parte. El último día de la pretemporada siempre hacíamos una fiesta con toda la gente del hotel. No sólo los jugadores y el cuerpo técnico. Todos tenían la obligación de traer un regalo. Era muy gracioso porque el Viejo aparecía disfrazado. Aunque igual al otro día ya ponía cara de culo de nuevo y exigía. Ahora, ¿cuál era el sentido del regalo? Cuando volvíamos en el micro a Buenos Aires siempre hacíamos una parada en un orfanato que quedaba en el camino y dejábamos todo. Lo cuento y se me pone la piel de gallina.

-¿Verdad o mito que lo llamaron a Griguol para reemplazar a Bilardo antes del Mundial 86, cuando lo querían voltear?

-Verdad. Tuvimos una reunión y nos dijeron que estaba la posibilidad. Pero Timoteo les aclaró que no había ninguna chance de aceptar algo así. Por debajo de la mesa -mientras esta gente hablaba- nos íbamos pateando porque no podíamos creer lo que escuchábamos. Insinuaban que Bilardo no iba a seguir. Y hablaban con una soltura, con una impunidad increíble. Rápidamente nos fuimos. Es más: ese ratito que estuvimos fue mucho.

-¿Con Griguol por qué no pudieron ganar con el River campeón del mundo? Ustedes llegaron después del 86. El equipo había ganado el torneo local, la Copa Libertadores y la Intercontinental.

-Porque los jugadores nos conocieron al final. De entrada nos miraron de reojo. Creían que veníamos a tenerlos como esclavos, con mucha conducta, no sé… Estaban acostumbrados a una manera con el Bambino (Veira) y la nuestra era distinta. Ni mejor ni peor. Diferente. Cuando empezaron a apoyarnos, fallamos en un partido con Independiente en la Libertadores del 87. El Búfalo Funes quedó mano a mano con Luis Islas, lo gambeteó al arquero, definió de costadito y la pelota dio en el palo. Quedamos eliminados y a fin de año nos tuvimos que ir. Ese día, que al final perdimos 2 a 1, estaban Goycochea, el Tano Gutiérrez, Ruggeri, Gallego, Alzamendi, el Negro Palma. Me acuerdo que después entraron dos pibes desde el banco: Caniggia y Pipo Gorosito, ja. Era el Independiente de Giusti, Marangoni y Bochini en el medio; Clausen, Villaverde y el Loco Enrique atrás.

Carlos Aimar con Griguol
Charla técnica con el plantel de Ferro y una pizarra hecha estadio

-¿Eso significa que cuando un plantel no está a muerte con el técnico le puede costar la cabeza?

-Es jodido. Vos podés trabajar, escucharme como entrenador. Pero si no me das bolilla es difícil tener una respuesta. Nosotros con Timo nos dábamos cuenta por el rendimiento. No era el máximo de esfuerzo del plantel. No estaban convencidos. Pero con Griguol sabíamos que algún día íbamos a entrar en la cabeza de ellos.

-El tema fue cómo entraron el primer día, cuando los recibieron a los tiros.

-Ellos estaban acostumbrados a andar a los tiros en la concentración. Había un par que tenían revólver. “Ahí vino Timoteo”, gritaban y pum pum. El Cabezón Ruggeri lo contó varias veces en la televisión, ja. Nosotros nos queríamos morir porque era nuestra presentación en River. Y no teníamos tanto poder sobre el plantel. Tratábamos de ir despacio hasta enderezarlos. Con el tiempo les sacamos las armas. Ellos jodían con eso. Les parecía una broma.

-Ganaron sólo la Copa Interamericana y se tuvieron que ir. ¿Tu premio fue que después Ruggeri te recomendara al Logroñes de España? Vos no pedís por alguien que no sabés que es bueno de verdad.

-Me llevaron Ruggeri y Alzamendi. Y eso que de entrada nos habían hecho la vida imposible, ja.

-¿Cómo es Ruggeri, vos que lo conocés hasta de Corral de Bustos, el pueblo cordobés donde nacieron los dos?

-Es un fenómeno. Y ahora que maduró, más aún. Con una respuesta tremenda. Él jugaba un picado como la final de un Mundial. Jugaba en el club como en la Selección. Y como tipo es un fuera de serie. Honesto. Te dice las cosas en la cara. Como en la tele.

-¿Te gusta estar en la tele, como decís?

-Sí. Me encanta. Cuando vos fuiste jugador de fútbol, después entrenador, te gusta ser público. Y estar en un programa que se ve tanto, con un grupo tan lindo de gente, es una parte de mi vida que disfruto mucho. Yo pasé todas las etapas. Inferiores en Central, debuté en Primera, pasé a San Lorenzo, empecé a dirigir, fui a un grande, me llamaron de Europa. Me faltaba ser periodista. En realidad no soy periodista porque no estudié. Soy analista. Hablo de mis experiencias en la cancha.

-Te permite estar vigente.

-Sí, porque la mayoría de los jugadores de fútbol desaparecen una vez que dejan. Cuando estás jugando te acostumbrás a esa vida. Te piden un autógrafo, una foto. De repente se corta, pasa el tiempo y no te conoce nadie. El saludo en la calle hace bien. No es de agrandado. Así fue toda tu vida. Entonces cuando estás abajo duele vivir sin ese aplauso.

-¿Qué pasó cuando viste que se hizo viral tu respuesta al Pollo Vignolo en 90 diciéndole frases fuertes como “hablás como Maradona y cuando te vi jugar no la tocaste”?

-Es parte del show del programa. Muchas veces me doy cuenta y ahí también utilizo la mala palabra. El Pollo entendió que yo lo estaba jodiendo. Como él me provocaba. Después parecía que iba a llorar, ja. De hecho nos hacíamos señas y al otro día aparecieron mensajes de jugadores diciendo que él jugaba muy bien. O que fue a la Selección Juvenil de Mostaza Merlo, un Sub 17. Tenemos una excelente relación. Es alguien a quien aprecio mucho. Un fenómeno. Soy un agradecido al Pollo. Yo jamás diría algo en serio para mortificarlo.

-¿Es cierto que no te gusta que te digan abuelo y por eso tus nietos te dicen Cai?

-Sí, ja. Le enseñé a mis nietos que me digan Cai. Todo el mundo me dice Cai. Es más, si escucho el “Carlos” no me gusta.

-¿Qué sentís cuando se descarta a algunos entrenadores porque “están grandes”?

-Trato de entender qué vende. Te va apareciendo gente joven, capaz, que por ahí está más preparada que uno aunque no tenga experiencia. Yo también fui parte de esa camada en algún momento. Cuando ganamos la Supercopa con Boca yo tenía sólo 39 años… Hay que entender que hoy cualquier jovencito te juega con distintos sistemas. Antes era jugar más dos líneas de 4, no tantas modificaciones. Es como una disputa siempre entre los experimentados y los nuevos.

-Vos dirigiste ese River con Griguol y después estuviste en Boca solo. ¿Cuál es la diferencia entre los dos clubes?

-Boca me dio la sensación de ser más pueblo y River más alta alcurnia, por decirlo de algún modo. No es hablar mal de nadie. Sólo una descripción. Boca me pareció más popular. Pero son los dos más importantes. El ruido es igual. Aunque reconozco que en Boca me sorprendió la repercusión que hubo cuando ganamos la Supercopa en el 89. Yo de chico era de Boca, como mi viejo. Llegar a ese lugar -campeón, en andas- no lo había imaginado en toda mi vida. Es algo que hoy en día me emociona.

-¿Por qué decidiste que Giunta pateara el último penal en la final con Independiente? Blas no era un especialista.

-Por los huevos que tenía. Cuando yo pedí que levantaran la mano para elegir a los 5 que iban a patear, la mayoría levantó. Entonces fui eligiendo de a uno. Lo dejé a Blas por su personalidad. Parecía que no le importaba un carajo nada. Siempre iba al frente. Hizo el penal y fuimos campeones. Un fenómeno. Además, alguien muy inteligente para leer tácticamente los partidos. Lo aprecio mucho. No sabés qué buen pibe que es Blas.

-Con Giunta te llevaste bárbaro. El problema en Boca lo tuviste con otro 5, con Marangoni.

-Yo pienso que Claudio se equivocó. De entrada lo tenía como capitán. Jugaba casi todos los partidos. Era muy bueno. Pero en el segundo año apareció José Luis Villarreal, que venía pidiendo cancha. Marangoni había tenido una lesión y le costaba el ritmo de los partidos. Entonces decidí sacarlo. Yo no me fijaba en el apellido sino en lo mejor para el equipo. Al final fue un acierto porque entró Villita, fue figura y llegó a la Selección de Coco Basile. Aunque a mí me costó la cabeza. Me tuve que ir de Boca…

-Ya de entrada tuviste problemas con la barra. ¿Cómo fue tu encuentro con el Abuelo, el histórico líder de La Doce?

-Me vinieron a buscar. Me dijeron que querían juntarse conmigo. Fuimos a comer. Yo llegué con mi hermano y el Profe Polola. Pero ellos eran un montón de barras. Empezaron a hablar, hablar, hasta que el Abuelo para y me dice: “¿Cómo vas a colaborar con nosotros?”. “¿Cómo?”, le respondo yo. “Sí, como escuchaste. ¿Vos cómo vas a colaborar? A nosotros siempre nos dan una cantidad de plata determinada. ¿Vos cuánto nos vas a dar?”. Yo lo mire sin perder la calma y le dije: “Yo les voy a dar mi profesionalismo y voy a intentar salir campeón con Boca”. Quedó en silencio. Miró al resto y les preguntó: “¿Están escuchando lo que dice?”. La verdad, yo no estaba cagado. No me iban a cagar a trompadas… Ahí el Abuelo me miró fijo y me hizo la señal de la cruz. Se terminó la charla en ese momento. Nos fuimos. Al tiempo tuvimos que cambiar el lugar de entrenamiento. Y una noche me apareció todo el frente de mi casa pintado con una puteada. Es más, como no les alcanzaba la pared para tantas malas palabras siguieron escribiendo en la casa de un vecino, ja… Después yo no les di bola y ellos me la juraron.

-¿Por qué lo fuiste a buscar a Batistuta, justo a River, cuando no le había ido bien en el equipo de Passarella?

-Me habían dado excelentes referencias. Aunque no estaba jugando en River, me encantaba su potencia. En principio le costó adaptarse a Boca. Pero es mentira que yo lo puse de 4, ja. Es algo con lo que me joden en el programa. Pasa que jugaba por la derecha. Después, cuando le agarró el ritmo, la rompió. Y terminó de explotar con el Maestro Tabárez. Se veía que Bati era una bestia. Me emocionó una vez que vino al estudio, en el programa, y me agradeció. Gaby es un chico excepcional.

-¿Cuál fue el mejor jugador con el que tuviste día a día?

-Como compañero, Mario Kempes. Era un fenómeno. Yo lo pasaba a buscar en la época de Central porque vivía cerca suyo. Y como dirigido, muchos. Pero creo que los mejores jugadores argentinos que dirigí fueron Batistuta, Márcico, el Cabezón Ruggeri…

-¿Qué sueño te quedó por cumplir?

-Me hubiese gustado jugar en la Selección. Estuve en la previa del Mundial 74. Me habían llamado. Necesitaban en el medio un volante de marca. Estuve en la lista de 40. Pero en mi lugar llevaron a Babington, un creativo. Un fenómeno. ¡Pero no tenía nada que ver con mi juego! Yo estaba en Central. Veníamos de salir campeones del Nacional del 71 y del 73. Después salimos subcampeones de esos dos campeonatos en el 74. Una locura. Rosario es muy especial… Se ve en cómo se vive el clásico. Es enfermo. Se odian. Siempre fue así la exigencia. Por eso digo que el Central-Newell’s es más bravo que el Boca-River. Porque ellos tienen los hinchas en todo el país. En Rosario están todos ahí. Ganás o perdés. Te aplauden o te putean en la esquina de tu casa.

(Infobae)

-¿Qué es Rosario Central para vos? Ahí jugaste 334 partidos y metiste 42 goles, gran número para un volante. Y 5 contra Newell’s.

-Central es todo para mí. Me permitió entrar en el fútbol profesional. Con 17 años, cuando terminé el secundario, fui a River y no quedé. Después me llevaron a Boca. Ahí quedé. Siempre de 5 u 8. Pero no me daban la pensión. Entonces me volví a Corral de Bustos. Ahí llegamos a la final de un campeonato contra una Primera local de Central. ¿Quién justo en ese momento había dejado de jugar y asumió en Inferiores? Timoteo… Me vio jugar y me convocó. “Este flaco algo tiene”, siempre fue su frase. Yo tenía casi 20 años. Hoy si a esa edad no jugaste en Primera estás listo. Me dieron la pensión y a los meses ya debuté. ¿Cómo no querer por siempre y decirle toda mi vida gracias a Griguol?

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