La incidencia en su carrera de un famoso cantante, su mejor socio y la virtud que le temían los arqueros: Alfredo Graciani, en la voz de sus amigos

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recortes de El Gráfico en los que apareció Alfredo Graciani
Postales de la carrera de Graciani, en las páginas de El Gráfico

“Graciani por el gol, Alfredo”. La voz de Víctor Hugo repetía esta muletilla que él mismo había inventado jugando con el apellido cada vez que la pelota impulsada por Alfredo Graciani con la camiseta de Boca, cruzaba la línea y se convertía en grito. Y fueron muchos. Nada menos que 83 a lo largo de 250 partidos oficiales, que lo ubican en el selecto grupo de los máximos artilleros en la historia del club, por su capacidad de definición y unas diagonales imposibles de anticipar para las defensas rivales.

Para sorpresa de todos, falleció en forma repentina en la mañana de este miércoles 21 de abril. Un golpe duro para familiares y también sus ex compañeros, con quienes compartía un grupo activo, como lo cuenta Carlos Navarro Montoya: “No lo podemos creer. Quique Hrabina recibió un llamado desde el teléfono de Alfredo y era la esposa llorando diciendo que se había descompuesto y él fue rápidamente a la casa, porque se conocían de toda la vida, pero lamentablemente no se pudo hacer nada”.

Apareció siendo muy joven en Atlanta, donde rápidamente mostró sus condiciones y fue consolidándose, primero en el buen equipo de 1982, que perdió ante Temperley por penales la chance del segundo ascenso, en un torneo legendario, que tuvo a San Lorenzo como máximo animador. Pero el ansiado regreso de los Bohemios a Primera se dio apenas un año más tarde, con Juan Carlos Lorenzo como entrenador, y Alfredo formando una gran dupla de ataque con Villagra, con las certeras asistencia de Alfredo Manuel Torres.

Ese mismo 1983 lo vio lucir la camiseta celeste y blanca de la selección, que se quedó con el sub campeonato en el Mundial Juvenil disputado en México. Fue parte de un excelente plantel que compartió con Luis Islas, Fabián Basualdo, Oscar Acosta, Gustavo Dezotti, Oscar Dertycia y el Turco Claudio García, entre otros.

El paso de Atlanta por la primera fue efímero, apenas aquella temporada de 1984, que es la última hasta este momento de la institución en la máxima categoría. Sin embargo, un puñado de futbolistas logró destacarse más allá de las flojas actuaciones que tuvo el cuadro en general. Uno de ellos fue Graciani, que con 7 tantos fue uno de los goleadores. El 8 de julio, venció a Boca en la Bombonera 2-1 en un cotejo que quedó en el recuerdo, porque los locales actuaron con un elenco de juveniles y en la primera etapa lo hicieron con camisetas blancas de entrenamiento y los números pintados en la espalda con marcador negro. Alfredo fue quien abrió el marcador, cuando tan solo iban 50 segundos.

No podría suponerlo, pero aquel fue el primero de los muchos goles que marcaría en ese estadio. En febrero de 1985, una empresa que tenía como máximo referente al Puma Jose Luis Rodríguez, que abriendo sus negocios más allá de la música, había decidido incursionar en el fútbol. Una de sus inversiones iniciales fue adquirir el pase de Graciani y cedérselo a un Boca que estaba en plena inicio de reconstrucción, tras un pésimo 1984 y con la reciente asunción de Antonio Alegre como Presidente.

Padecía una importante sangría de jugadores, ya que muchos habían quedado libres y otros, como Ruggeri y Gareca, se habían marchado, nada menos que a River, tras una larga negociación. Una gloria como Alfredo Di Stéfano asumió la dirección técnica y, con él, Alfredo debutó en forma oficial con la camiseta Xeneize el 17 de febrero, en una derrota ante Altos Hornos Zapla en la última edición de los viejos campeonatos nacionales. El primer gol llegó pocos días más tarde, el miércoles 6 de marzo en cancha de Huracán, donde Boca hacía como local, en la goleada ante Estudiantes de Río IV por 7-1.

A mediados de 1985, se dio inicio a una reestructuración en el fútbol argentino y comenzaron los torneos por temporada. Y en la tercera jornada, Graciani festejó sus conquistas iníciales en la Bombonera en un empate en dos tantos ante Vélez. A partir de allí se fue fortaleciendo una sociedad que le daría muchos réditos a Boca, como los fue la que conformó con Carlos Tapia, un excelente y habilidoso número 10 que solía habilitarlo con precisión, como recuerda Diego Latorre, que fue compañero de ambos

“Ellos estaban hechos el uno para el otro. Tapia era un jugador maravilloso y esas diagonales de afuera hacia adentro, las que verdaderamente lastiman, que eran un sello de Graciani, nadie las interpretó tan bien como el Chino”.

“Alfredo me ayudó mucho en mis comienzos, porque cuando me asenté en Primera fue en el lugar de Walter Perazzo, a quien el club había comprado con mucha ilusión. Me costaba jugar al lado de él y de Jorge Comas, a quienes veía como mitos, eran como héroes para mí y para los chicos que veníamos de las inferiores. Me costó un poco adaptarme a jugar con ellos, pero finalmente lo hice bien”

River fue el campeón 85/86, pero Boca tendría motivos para festejar también, ya que se quedó con la Liguilla, que otorgaba un lugar en la Copa Libertadores, superando a Newell´s en una final que parecía extraída de un cuento. Perdió como local 2-0 y a poco de iniciarse la revancha en Rosario, le marcaron un gol. A fuerza de coraje y amor propio fue levantando ese casi imposible global de 0-3, donde Alfredo tuvo que ver, ya que marcó el empate de penal y puso el 2-1 de tiro libre. La hazaña la terminó de escribir Gustavo Tuta Torres, quien marcó los dos tantos del delirio a los 88 y 90 minutos.

En enero de 1987 llegó César Luis Menotti a la dirección técnica de Boca y con ello se produjo una revolución en el ambiente. Esa conmoción se trasladó al campo de juego, donde el equipo ganó 7 partidos consecutivos que lo catapultaron del 14° puesto al 1°, generando una locura en sus hinchas. El equipo no pudo coronar, pero quedó en el recuerdo como uno de los grandes campeones sin corona de nuestro fútbol. El Flaco motivó como pocos a aquellos hombres: Un renovado Gatti en el arco, haciendo de líbero de una línea de fondo que achicaba muchas veces en la mitad de la cancha (Abramovich – Higuaín – Musladini – Hrabina). Fabián Carrizo como 5 clásico, corriendo a todos, con el aporte del siempre regular Milton Melgar. Y lo más explosivo era aquel póker de atacantes que se cansó de marcar goles: Graciani – Rinaldi – Tapia – Comas.

Carlos Navarro Montoya arribó a Boca a medidos de 1988 y enseguida ocupó el arco, ganándose la titularidad: “Tengo muy buenos recuerdos de él, porque cuando llegué Alfredo ya tenía ganado un espacio, era uno de los referentes del equipo y me hizo un lugar. Era un tipo de pocas palabras, pero muchos valores, que lo acompañaron a lo largo de su vida. Y como delantero eran letal, porque si el arquero no lograba achicarle, o estarle encima, era gol. Se daba un tiempo que no existía para poder definir, con una enorme capacidad cognitiva para resolver en décimas de segundos”.

Luego pasaron Roberto Saporiti, Juan Carlos Lorenzo y José Omar Pastoriza como entrenadores, con suerte diversa, pero sin poder lograr que Boca se consagrara en el ámbito local. Con el paso del tiempo, Graciani se había perfeccionado y cada vez fallaba menos delante de los arqueros, siendo una pesadilla para las defensas rivales. Con Carlos Aimar en el banco, Alfredo se dio el gusto de dar sus dos vueltas olímpicas con la camiseta que tanto amaba: La Supercopa 1989 por penales ante Independiente y el Recopa 1990 frente a Atlético Nacional de Medellín en Miami.

Fue parte del muy buen equipo que comandó el Maestro Oscar Tabárez en el primer semestre de 1991, siendo el complemento ideal de la dupla Batistuta – Latorre. La dolorosa caída por penales ante Newell´s en la final de la temporada 1990/91 marcó el final de su primer ciclo Xeneize cuando partió hacia Suiza. Retornó a Argentina en 1992 para vestir la camiseta de Racing, donde demostró que la pólvora seguía intacta y arribó hasta la final de la Supercopa.

En la temporada 1993/94 se dio el gusto de volver a Boca, aunque fue un paso breve de apenas 9 partidos oficiales con solo un gol, marcado ante Estudiantes en la Supercopa. La historia dirá que el 12 de abril de 1994 se puso por última vez sobre su piel los colores azul y amarillo. Continuó su derrotero de festejos en Deportivo Español y más tarde en el cierre de la parábola, en el fútbol del ascenso, en Atlético Tucumán y en el muy buen equipo de Argentinos Juniors que logró el retorno a primera en la temporada 1996/97.

Pero por siempre estará adherido a esa imagen de brazos en alto, en pleno festejo y con la camiseta de Boca, haciendo goles importantes, siempre anotando ante los grandes: San Lorenzo (5), River Plate (4), Independiente (4) y Racing (3). Por eso sus hinchas le mostraron a cada paso su gratitud y ahora lo recordarán con el mismo afecto, como diciéndole en un imaginario abrazo: “Graciani por tantos goles, Alfredo”.

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