Tomaba tres litros de gaseosa por día y prefería los caballos antes que el básquet: Nikola Jokic, la estrella de Denver y principal fan de Campazzo

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Jokic es un pivote con manos de seda y manejo de base (Isaiah J. Downing-USA TODAY Sports)
Jokic es un pivote con manos de seda y manejo de base (Isaiah J. Downing-USA TODAY Sports) (Isaiah J. Downing/)

-¿Estás durmiendo? ¡Te eligieron en el draft! ¿cómo puede ser que estés durmiendo?

26 de junio de 2014. En el Barclays Center de Brooklyn, la NBA realiza su selección anual de jugadores. Andrew Wiggins, Jabari Parker y Joel Embiid son los primeros en ser seleccionados en un draft tremendamente poderoso, que hoy todavía da que hablar. Cuando le llega el turno a los Nuggets, en la posición N° 41 de la segunda ronda, eligen a un ignoto Nikola Jokic y un grito en serbio se escucha en el bellísimo estadio. El que festeja es Nemanja, uno de los hermanos mayores del jugador, que está allí en su representación. Minutos después, con una botella de champagne en la mano, llama a su país natal para compartir la alegría con el protagonista. Pero se encuentra con una sorpresa: Nikola, desde su cama, se sobresalta con la llamada a los gritos de su hermano…

Así es el menor de los Jokic, tranquilo, relajado, quizá demasiado, muy distinto a su padre y dos vehementes hermanos. Una paz que demuestra en la cancha, cuando lee el juego y maquina alguna genialidad que luego saldrá de sus creativas manos. Jokic, en aquel entonces, era una gema escondida que pocos conocían. Por eso fue seleccionado tan atrás y es sin dudas uno de los grandes “robos” en la historia del draft. No había muchos que esperaran la selección y por eso, como le pasó a nuestro Manu Ginóbili en 1999 (en Macapá, Brasil, de gira con nuestra Selección), él estaba durmiendo cuando su nombre fue anunciado por el comisionado, en este caso Adam Silver. Un año después llegaría a la NBA como un desconocido y hoy es uno de los mejores jugadores de la competencia, la superestrella del último finalista del Oeste y, claro, el compañero que más admira a Facundo Campazzo. Porque lo conoce y porque lo vio brillar frente suyo en aquellos cuartos de final del Mundial del 10 de septiembre del 2019, cuando Argentina dio una de las grandes sorpresas de la historia al vencer a Serbia por 97-87.

Pero, para entender su actualidad, es preciso situarnos en tierras de la ex Yugoslavia, puntualmente en 1995. Nikola nació en Sombor el 19 de febrero de ese año, en medio de la Guerra de las Balcanes, aquel cruento conflicto bélico que enfrentó durante una década (entre 1991 y 2001) a Serbia, Eslovenia, Croacia, Macedonia, Montenegro y Bosnia y Herzegovina, los seis estados vecinos que, por causas políticas, económicas, culturales, religiosas y étnicas, pelearon hasta terminar logrando su independencia. Claro, nada fue gratis. La lucha armada más sangrienta en suelo europeo desde la Segunda Guerra Mundial arrojó cerca de 220.000 muertos y 2.7 millones de desplazados/refugiados, con episodios sanguinarios. Como aquel sucedido en julio, pocos meses después del nacimiento de Jokic, en Srebrenica, a 270 kilómetros de Sombor, cuando el ejército serbio de Bosnia (compuesto por residentes bosnios de linaje serbio) entró a una supuesta zona segura de las Naciones Unidas en Bosnia oriental. “Lo que siguió en las ciudades y campos alrededor de Srebrenica es descripto por funcionarios occidentales y grupos de derechos humanos como el peor crimen de guerra en Europa desde la Segunda Guerra Mundial: el asesinato sumario de 8.000 personas”, detalló la crónica del diario New York Times.

En ese contexto creció Jokic, quien tenía cuatro años cuando las tropas de la OTAN bombardearon Serbia durante 11 semanas en 1999. Hace tres años, Nikola rememoró esos momentos de temor e incertidumbre. “Recuerdo las sirenas, los refugios antibombas, las luces siempre apagadas… Vivíamos prácticamente en la oscuridad. Incluso a las 9 de la mañana todo estaba apagado. Yo no podía salir solo, mi madre no me dejaba si no me acompañaban mis hermanos”, contó en una entrevista con el sitio Bleacher Report.

Sus hermanos eran apasionados por el básquet. Pero fue él quien descolló (EFE/Erik S. Lesser/Archivo)
Sus hermanos eran apasionados por el básquet. Pero fue él quien descolló (EFE/Erik S. Lesser/Archivo) (EFEI0499/)

En un departamento no tan grande, de dos habitaciones, en Sombor, Nikola se la pasaba jugando con sus hermanos. Strahinja, 13 años mayor, y Nemanja, 11, ya eran jugadores de secundario cuando intentaron, con pelotas y la motivación de un aro colgado en una puerta, convencer al menor para que siguiera sus pasos. Pero Nikola nunca estuvo muy convencido. Lejos de la hiperactividad y capacidad física de sus hermanos, prefería la tranquilidad, la pasividad. En realidad, no le gustaban tanto la acción. “Hice algo de fútbol y waterpolo con mis hermanos, porque vivíamos compitiendo, pero nunca fui fanático de ninguno”, detalla. Lo suyo era estudiar y mantenerse lejos de los grandes esfuerzos. “Todos los maestros de la escuela primaria me amaban porque nunca generaba problemas, estudiaba y siempre me estaba haciendo un poco el tonto. Era más alto que la mayoría de los chicos y chicas. Y el más gordo también (se ríe). Me encantaban algunas clases, como matemáticas e historia, eso es todo. Pero no me gustaban las actividades físicas. Incluso en mi época de la secundaria no podía hacer una flexión de brazos”, recordó quien como el “típico gordito tranquilo de la clase”. Algo que queda claro en las fotos de la infancia que se han viralizado.

“Sí, era el más gordito, el más grande, pero también el mejor del equipo”, resumió el padre, menos fana del básquet que su madre. “Nikola quería estar con la pelota, pero le escapaba a los grandes esfuerzos, a la gimnasia o al entrenamiento. Había que presionarlo para que lo hiciera”, contó Robert Katona, su primer profesor de educación física. “En las materias de estudio no tenía problemas. Curiosamente lo que le costaba era en educación física”, aporta Gordana Ralevic, su profesora de inglés. Katarina Naumov fue su primera entrenadora y aporta un recuerdo que tiene mucha relación a lo que vemos hoy en la NBA. “Desde el principio vimos que tenía manos hábiles y una lectura del juego excepcional. Tenía una tendencia a buscar la asistencia, eso le gustaba más que marcar”, explica sobre aquellos primeros años en el básquet. “Yo jugaba de pivote, pero me gustaba ser base, picar la pelota y crear jugadas, aunque sin moverme mucho. No me gustaba exigirme y incluso solía llorar cada vez que tenía que ir a entrenar. Mi padre tenía que convencerme constantemente. No eran épocas en que el básquet me interesara tanto”, reconoció Nikola.

En realidad, lo que más lo atraía de chico era la vida más de campo. Su lugar en el mundo era el establo y sus mejores amigos, los caballos. En Sombor, una ciudad tranquila de 40.000 habitantes cercana a la frontera húngara, había muchas granjas y él, cuando visitó la primera de la mano de su padre, quedó flasheado. Por la vida allí, por esa paz que respiraba y que tan bien iba con su esencia. “Eso lo heredó de mí. De pequeño limpiaba los establos antes de ir a la escuela”, precisa papá Branislav. La conexión con los caballos hizo el resto. “Siempre los amé, me atrajo su belleza, y cuando vi carreras, que eran importantes en mi ciudad, me terminó de cautivar esa adrenalina que se vivía. Por eso quise subirme y experimentar esa sensación. Cuando estás arriba de un caballo y sentís que otro se acerca y lo tenés ahí, en el oído, es asombroso. Lo sentís. Sentís la tierra temblar cuando las herraduras golpean el terreno”, admitió con una pasión que pocas veces exhibió cuando habló de básquet. Alguna vez admitió que “si no fuera basquetbolista, sería un chico de establo”, por eso no sorprendió que hace unos años cumpliera el sueño de su vida, comprarse un caballo de carrera que llamó Dream Catcher (Atrapador de Sueños). Es tal su pasión que cuando Michael Malone, su DT en los Nuggets, lo fue a visitar a su país para conocer las raíces de la estrella lo primero que hicieron fue llevarlo del aeropuerto a una carrera que terminó ganando el caballo de Nikola.

“Ya no puedo montar, pero encantaría hacerlo. Porque me recuerdo cuando lo hacía de chico”, reconoció el pivote, cuya foto arriba de un sulky resume su gran pasión. “No seguí compitiendo por mi peso y altura. Me dijeron que podían construirme carros más grandes para mí, pero lo terminé dejando”, recordó. En esa época, si bien nadie imaginaba este futuro como basquetbolista, Nikola mostraba su potencial. Primero en el KK Vojvodina Srbijagas de Novi Sad hasta que lo descubrió Misko Raznatovic, el famoso representante que se lo terminó llevando a Belgrado, puntualmente al Mega Vizura que maneja. “Cuando me enteré de que había un chico de 16 años que había logrado 25 puntos y 25 rebotes mandé a Branimir Tadic, responsable de reclutar a jugadores como Boban Marjanovic, para que lo viera. Le dije que seguramente se trataba de un chico que se había desarrollado físicamente antes que el resto pero fue grande la sorpresa cuando me llamó diciendo que su condición física era pésima, pero su talento, muy especial”, recordó.

Era 2012 cuando Jokic empezó jugando en Mega Vizura (luego Mega Leks, hoy Mega Bemax), un equipo que en los últimos años se transformó en una auténtica fábrica de talentos, con diez de sus joyas elegidas en el draft de la NBA en la última década. Nikola arrancó en el elenco junior y fue citado a la Selección juvenil de su país que terminaría siendo subcampeona mundial U19 en República Checa. Jokic mostró sólo destellos de lo que podía hacer (7 puntos y 5 rebotes en 17 minutos) pero suficientes para terminar en el team principal del club. Lo suyo no fue meteórico, como otros cracks europeos. Apenas promedió 1.8 punto y 2 rebotes en 10 minutos en el final de la primera temporada. En la siguiente (13/14), el coach confío más en él y jugó 13 partidos en la Liga Serbia y otros 26 en la Liga Adriática, con promedios de 11.4 puntos, 6.4 rebotes, 2 asistencias y una tapa en 25 minutos. Hasta el Barcelona estuvo a punto de ficharlo… Tenía 19 años cuando, aquella primera temporada, lo motivó a declararse elegible en el draft. Era, más que nada, para tantear el mercado, ver el interés de los equipos. Por eso estaba durmiendo la misma noche que los Nuggets lo escogieron en aquel puesto #41 de la segunda ronda.

Campazzo enfrenta a Jokic en el último Mundial de ´basquet. Hoy son compañeros en Denver (REUTERS/Kim Kyung-Hoon)
Campazzo enfrenta a Jokic en el último Mundial de ´basquet. Hoy son compañeros en Denver (REUTERS/Kim Kyung-Hoon) (KIM KYUNG-HOON/)

Fue una sorpresa para él y para muchos, sobre todo porque muchos ojeadores que lo habían visto tenían severos cuestionamientos a su físico y ética profesional. El físico no lo ayudaba, menos pensando en la super atlética NBA, y encima se sabía de su adicción a la gaseosa. Justamente, hace pocos años, cuando ya era una estrella NBA, el serbio admitió que luego de los entrenamientos era capaz de beber tres litros de Coca. “Un vaso tras otro, no podía parar”, reconoció. Sabiendo que sería su perdición, que para encarar el nuevo desafío en la NBA, otra dieta, otros cuidados y otro profesionalismo eran necesarios. Así fue que él mismo contó que su última gaseosa la bebió en el vuelo a Denver, luego de terminar la temporada en Serbia y ser el MVP de la Liga Adriática con promedios de 15.4 puntos, 9.3 rebotes y 3.5 asistencias en la fase regular.

La mejora física fue la prioridad que exigieron los Nuggets y aceptó Jokic, quien perdió 18 kilos antes de su debut en la NBA, a partir de que se puso en manos de los preparados físicos Steve Hess y Felipe Eichenberger. “No esperaba jugar mi primer año. Mi prioridad era ponerme bien desde lo físico”, recordó. Pero su talento es tan grande que rápidamente empezó a jugar. Apenas en su 12° partido logró un doble doble (23 puntos y 12 rebotes) y, con 19 años, se ganó la titularidad al siguiente juego. Así comenzó el camino hasta terminar en el quinteto ideal de novatos y tercero en la votación para el Rookie del Año con interesantes medias de 10.7 puntos, 7 rebotes, 2.4 asistencias y 22 minutos. En su segunda temporada, con un Denver que seguía mejorando como equipo, Jokic empezó a transformarse en el faro ofensivo, con 16.7 puntos, 9.8 rebotes y ya 5 asistencias de promedio.

Mike Miller, su compañero, cautivado con su talento, se animó y le puso el apodo que quedó para siempre: The Joker. O el Guasón, aquel enemigo de Batman. El escolta, el único que aseguran podía pronunciar bien el apellido de Nikola en el vestuario, se lo puso pensando en las similitudes en la pronunciación y, en especial, por los trucos que el serbio podía hacer dentro de la cancha, sobre todo en el pase. “Me encanta la elección. Porque es alguien que sorprende a alguien, que es más inteligente, que te puede ganar. Por eso me gustó desde que lo eligió”, admitió Nikola. Malone, claro, no necesitó ese apodo para darse cuenta que su talento le permitía jugar y hacer jugar. Nikola tiene ese don natural que, en jugadores tan altos, sólo se ha visto en Arvydas Sabonis y Vlade Divac, pivotes –europeos- con condiciones de armadores: visión de cancha, lucidez, manos de seda y mucha creatividad en las habilitaciones a compañeros. No sorprendió, entonces, que los pases gol de Joker superaran la media de 6 en la tercera temporada. Ni que Nikola los acompañara con 18.5 puntos y 10.7 rebotes, números que no pararon de mejorar y le permitieron ganarse un contrato máximo, en 2018, de 146.5 millones por cinco temporada y un lugar en el All Star Game. Hoy en día, comenzando su sexta campaña NBA, es considerado el mejor pivote de la actualidad, rompiendo moldes, siendo el gran generador de juego del equipo desde su posición y exhibiendo una impactante versatilidad que le permite estar promediando un triple doble.

El cambio físico de Nikola Jokic (Infobae)

Estas características permitieron pensar, cuando se anunció la llegada de Campazzo a los Nuggets, que ambos podía armar una dupla cautivante, siendo dos de los jugadores que mejor pasan la pelota en el mundo y que pueden complementarse en el pick and roll, la jugada de 2 vs 2 que más se usa hoy en día en el básquet mundial. Por ahora, en estos escasos juegos, no han compartido mucho tiempo en cancha ni han tenido conexiones lujosas, pero sí la superestrella ha salido a elogiar al novato. “No me sorprende lo que hace. Lo conozco bien y sé que puede cambiar partidos con su talento, con su defensa… Es un jugador especial”, declaró.

Por lo pronto, más allá de sus actuaciones de estrella y contratos millonarios, Jokic se mantuvo en su esencia, con perfil bajo y sin ostentaciones. Compró una modesta residencia de tres habitaciones en el centro de la ciudad, donde vive con su novia y sus dos hermanos. Las ostentaciones no le son propias. “¿Ropa? No, no encajo bien en ella”, admitió entre risas. “¿Tatuajes? No son lo mío. Se los dejo a mis hermanos, que con ellos parecen asesinos en serie, pero en realidad son personas muy agradables cuando los conoces”, contó luego de que ambos tuvieron algunos problemas en cancha de NBA, sobre todo con aquellos que decían algo del talentoso hermano menor. “Es verdad que se vuelven locos muy rápido, nadie quiere sentarse cerca de ellos. Lo han sacado de mi padre. Yo, en cambio, soy tranquilo, rara vez me enoje con alguien”, explicó. Así es Nikola. Un pibe casi de campo que juega al básquet por puro talento pero, tal vez, si fuera por él, estaría leyendo un libro, con un vaso de gaseosa en la mano o andando a caballo por las praderas serbias.

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