El implacable goleador que casi juega el Mundial 86 con Argentina, perdió el cabello tras una dolorosa lesión y transformó su nuevo look en marca registrada

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Oscar Dertycia
Maradona, Dertycia y Bilardo en un entrenamiento de la Selección

Al mencionar a los grandes goleadores de la década del ’80, su referencia es indiscutible. Como también lo es la tonada cordobesa, con la que recorre con una envidiable y asombrosa memoria una rica trayectoria, que se inició en primera división allá por septiembre de 1982, cuando Oscar Dertycia era apenas un pibe de tan solo 17 años, que concretaba el sueño de debutar con los colores amados, que eran el rojo y blanco de Instituto, donde llegó a ser el máximo artillero de su historia.

Los tantos marcados con esa camiseta lo llevaron a Argentinos Juniors y de allí el anhelado pase al Calcio, que a mediados de 1989 era la meca del fútbol mundial, con Maradona a la cabeza. Y justamente con él es que Oscar vivió una situación que lo marcó por siempre: “En el momento que mejor estaba en la Fiorentina nos enfrentamos al Napoli por Copa Italia y en una jugada, le anticipé con lo justo una pelota a Diego, que se me cayó encima. En el forcejeo de los dos en el piso, yo quise girar hacia mi derecha porque se me escapaba la pelota, se me quedaron los tapones de aluminio trabados y me rompí los ligamentos de esa pierna. Diego siempre me dijo que escuchó el ruido, yo solo una sensación, al punto que al otro día fui a entrenar porque me sentía bien, pero los médicos tenían el diagnóstico y programaron la operación para dos días después. La intervención salió bien, la rodilla quedó perfecta y guardaré eternamente el gesto de Maradona de venir a verme al hospital (el mismo donde había nacido mi hija Ariana poco tiempo antes) con unos regalos, sobre todo un reloj con su firma que aún conservo”.

El dolor por la lesión conllevaba también la seguridad de quedarse fuera del Mundial, distante tan solo a cuatro meses. Lo que no estaba en los planes de Dertycia, era una secuela que le dejaría el atravesar aquellas horas: “La recuperación me demandó 10 meses y me dio este look que tengo hasta el día de hoy, de haber perdido todo el cabello. Los nervios y el stress por estar lejos de los afectos y no tenerlos para que me contuvieran me llevó a padecer la alopecia, que fue un golpe muy fuerte. Un par de meses después, comencé a notar que se me caía el pelo y eso que yo tenía mucha cantidad. Recuerdo tener en brazos a mi hija y ella con su mano chiquita me agarraba la cabeza jugando y se le quedaban mi cabellos entre los deditos. No pude expresar lo que pasaba por mi cabeza y ese fue el detonante. Estábamos con mi esposa y los chicos en una jaula de oro, porque no nos faltaba nada, pero no estaban los amigos. Llegué a tomar 21 pastillas por día intentando que volviera a crecer, pero nada dio resultado. Cuando volví al país, la gente pensaba que tenía cáncer. Fue duro, pero al regresar a Italia le dije a la gente de Fiorentina que deseaba rehabilitarme de la mejor manera y así me preparé en todos los aspectos para el regreso y no lesionarme nunca más, cosa que con orgullo, puedo decir que fue así”.

Aquella larga y enrulada cabellera quedó en el recuerdo, sin embargo se mantuvo algo que lo distinguió desde sus comienzos, que fue el carácter, para plantarse y tener presencia, siendo muy joven y haciéndose conocido desde sus primeras apariciones: “El 8 de septiembre del ’82 debuté contra Estudiantes y enseguida me afirmé a fuerza de goles y gracias a unos compañeros excepcionales: el tucumano Meza, Alberto Beltrán o Rodolfo Rodríguez que me asistían muy bien y me la hacían fácil. Y eso que tenía que pelear contra tremendos defensores: Oscar Ruggeri, Roberto Mouzo, Héctor Cuper, Enzo Trossero, Luis Galván, José Luis Cuciuffo o el Tata Brown, entre otros. Y los quiero nombrar, porque ellos me ayudaron a potenciar mis características de delantero fuerte, atrevido y que no daba ninguna por perdida”.

Un puñado de partidos (y de goles) le valieron la consideración del cuerpo técnico de la selección nacional, que estaba en plena transición: “Me llamó para la juvenil el Flaco Menotti, en sus últimos meses en ese cargo. Fuimos a un torneo a México, donde mis padres me tuvieron que emancipar porque era menor de edad. César se fue y continué con el ciclo de Bilardo y Pachamé. Con él como DT fui al Mundial del ’83, que perdimos el encuentro decisivo con Brasil, teniendo un gran equipo, donde a Luis Islas solo le hicieron dos goles en siete partidos. Uno en la final de penal y el otro fue de Marco Van Basten, nada menos. Un plantel de lujo: Oscar Acosta, Alfredo Graciani, el Turco García, Fabián Basualdo, etc”.

Oscar Dertycia
El cordobés es una gloria de Instituto

Un estilo aguerrido, de delantero de todo el frente de ataque y con gran despliegue, obviamente alertó a Carlos Bilardo que prontamente lo convocó para la selección mayor, cuando ya cada domingo, en las transmisiones radiales decían “Gol de Instituto”, sabíamos que a continuación llegaban esas ocho letras: Dertycia. “Era un sueño que se hacía realidad. Fui parte de la histórica gira de 1984 que se inició mal con una derrota en Colombia, pero tuvo un momento inolvidable al ganarle a Alemania en su tierra 3-1. Contra Suiza hice mi primer gol, al estilo Dertycia (risas), porque arranqué en mitad de cancha, me fui en velocidad mirando a los costados por si venía algún compañero, pero me la jugué y desde lejos pateé fuerte, bien rasante y fue gol para la victoria 2-0”.

Un año más tarde era el turno de las Eliminatorias. Había que sellar el pasaporte para estar en México ’86 y las cosas no fueron fáciles, con una clasificación conseguida en forma agónica ante Perú. Oscar fue parte de aquellas horas tensas: “Era un privilegio estar allí, más viniendo de un equipo del Interior. Aprendí mucho con Bilardo y el profe Echevarría, por su forma de trabajar, además del lujo de jugar al lado de Maradona con la celeste y blanca en el pecho. Se consiguió el objetivo, aunque me quedó el dolor de no haber estado en el plantel que fue a México, pero yo me siento campeón del mundo por todo lo que viví con ese grupo”.

Habían sido dos años de trabajo intenso, a la manera de Carlos Bilardo. Por eso es imaginable sensación de vacío que habitó en Dertycia al conocer la lista final de 22 que disputaría la Copa del Mundo. Sin embargo, lejos de los enojos, revanchas o enconos, tuvo una actitud muy poco usual: “Los fui a despedir cuando partían hacía México, porque lo sentía así. En un momento, cuando los estaba abrazando en las escalinatas, lo vi venir a Julio Grondona, al que se le piantaba un lagrimón (a mí también) y me hizo saber su emoción, algo que me reconfortó. Viví el torneo con mucha pasión y el día previo a la final con Alemania, tuve la suerte de comunicarme a la concentración en el Distrito Federal y hablar con varios de los muchachos que me dijeron: Cordobés, te esperamos con la Copa en Ezeiza el lunes para que festejemos juntos. Tomé la decisión de ir con mi esposa para Buenos Aires y llegar hasta el aeropuerto, que era una locura de gente. Subí al micro, tuve el gusto de tocar la copa y vivir momentos hermosos, como llegar a la Casa Rosada, salir al balcón y ver esa multitud indescriptible. Con el paso de los días, cuando me vi en la tapa de las revistas, agarrando a Maradona, que le ofrecía el trofeo a la gente, fue algo maravilloso”.

Como a la mayoría de los futbolistas que pasaron bajo su conducción, Carlos Bilardo le dejó una marca imborrable: “Era un fanático de esto. De las 24 horas del día, creo que solo dormía cuatro y el resto se las pasaba pensando en el fútbol. Recuerdo que entrenábamos en Ezeiza y cuando veía que pasaba un jumbo grande de Lufthansa, Iberia, Alitalia o KLM, lo volvía loco a Mariani, uno de sus ayudantes, para que saliera raudo rumbo al aeropuerto para saber si le habían traído algún cassette VHS para él. De ese modo estaba al tanto de todo lo que sucedía en el mundo. Cuando llegábamos a un hotel, le pedía enseguida al utilero Benrós la ropa para nosotros y con el profe Echavarría entrenábamos en el pasillo de las habitaciones. Mucho peor si el alojamiento tenía jardines (risas), porque íbamos ahí y destrozábamos todo. Esas eran la cosas de Bilardo, que me quedaron como enseñanzas”.

Dertycia volvió a ser convocado en varias ocasiones tras el título en México gracias a sus buenas actuaciones. A mediados de 1988 mudó sus goles de Instituto a Argentinos Juniors, un equipo que estaba en plena transición tras la ida de casi todos los futbolistas que habían llegado a la gloria en el período 1984/85: “En un club humilde, sencillo y respetuoso, se conformó un excelente plantel: Fernando Redondo, Fernando Cáceres, Silvio Rudman, Néstor Lorenzo, el Colorado Mac Allister, Carlos Goyén, etc. Muchos dijeron que yo renuncié a la selección y no fue así. En febrero de 1989 le expliqué a Bilardo que como estaba liderando la tabla de goleadores, quería abocarme 100% a mi equipo, porque él siempre dijo que los que andaban bien en sus clubes, iban a tener posibilidades y yo podía consagrarme por primera vez, ya que los años anteriores me había quedado en la puerta. Le dije claro que yo no quería renunciar, solo le pedía un permiso especial hasta que terminara el torneo en junio y listo, ahí quedaba a disposición de la Selección. Agradezco la consulta, porque nunca me lo habían preguntado. No sé qué habrá pensando él, pero lo concreto es que no me volvió a convocar”.

Agridulce situación por aquel tiempo, que significó la despedida de la camiseta celeste y blanca, pero el ansiado título de goleador de un torneo local, anhelado desde un lustro atrás: “Terminamos empatados con Gorosito con 20 cada uno, pero lo mío fue de mejor porcentaje, porque no pateaba penales (risas). Muchos recuerdan el partido contra Boca que ganamos 4-3 en un estadio de Ferro que reventaba. Hice dos goles, pero el más lindo fue el primero tras una maniobra brillante de Redondo, que se la dio a Ereros, que envió el centro pasado y entré por el segundo palo para vencer a Navarro Montoya. En una jugada arranqué desde mitad de cancha, llevándome a la rastra a un par de defensores y cuando pisé el área saqué un pelotazo tan fuerte que rebotó en el viejo travesaño de madera y recién le cayó a Redondo en el medio de la cancha”.

Oscar Dertycia
Las figuritas del Tenerife que hizo historia en España

Por sus características siempre se dijo que estaba moldeado para ser un delantero ideal para Boca y en tres ocasiones estuvo cerca de ponerse esa camiseta aunque pocos lo saben: “Fueron tres años seguidos que lo intentaron, pero no se dio. La más cercana fue cuando un amigo mío que vivía en Buenos Aires, llamado Luis Lucero, llegó a Córdoba con un dirigente del club con 500.000 dólares, pero Instituto pedía un millón y no se hizo”.

Su voracidad insaciable en el área y su caudal inagotable de goles lo llevaron a mediados de 1989 al fútbol italiano. Allí lució la inconfundible casaca violeta de Fiorentina, con la que habían brillado en esa misma década Daniel Bertoni y Daniel Passarella y donde un par de temporadas más tarde recalaría Gabriel Batistuta. Cuando estaba encontrando el ritmo, llegó aquella lesión que lo postergó casi la totalidad de 1990. Reapareció en diciembre, pero en España, con los colores del Cádiz. “Me fue bien los seis meses que estuve en ese equipo, con el Bambino Veira como entrenador. Les voy a estar agradecidos por siempre, porque al abrirme sus puertas, me permitieron volver a vivir. Quedó una gran relación con ellos, porque hice un gol en la fecha final contra Zaragoza que ayudó a salvarnos del descenso y gracias a ello, el Tenerife me compró el pase. Ahí se formó una linda banda de argentinos, con el Indio Jorge Solari como técnico, Fernando Redondo, Juan Antonio Pizzi. Fue inolvidable la temporada 1992/93, ya con Jorge Valdano como DT, donde terminamos en el quinto puesto, clasificados para la Copa UEFA, con el recordado partido de la última jornada, donde le ganamos como locales al Real Madrid 2-0 y Barcelona fue campeón, en un hecho aún hoy muy recordado. Tenerife y las Islas Canarias son uno de los grandes momentos de mi vida deportiva”, rememora.

La raza goleadora de Dertycia siguió luego en Albacete, como previa del regreso a Córdoba, primero una escala en Talleres (“hice 20 goles y se nos escapó el ascenso en el último partido”), antes de volver a calzarse su camiseta, la de Instituto: “Es un honor ser el máximo goleador de la historia del club, algo que se valora más con el paso del tiempo, como cuando en la cancha, un papá o un abuelo le dicen a los chicos quien soy yo. Me llena de orgullo. También que la cancha de entrenamiento número 9 se llame Oscar Dertycia. Un sentido de pertenencia que voy a llevar para toda la vida”.

El humor, que dijo presente en buenos pasajes de la charla, también apareció sobre el final: “La pandemia me la tomo como una concentración más de vida, si me pasé casi toda mi carrera de jugador concentrado entre cuatro paredes (risas). Vivo en las afueras de Córdona, en San Antonio de Arredondo, donde tengo ríos, montañas y un gimnasio para poder entrenar. No me puedo quejar y soy feliz”.

Como seguramente lo fueron los hinchas de todos los equipos donde Oscar jugó. Porque era una garantía de festejos, de conseguir ese bien preciado del fútbol que siempre parece estar en escasez, pero que gracias a ellos, los goleadores, vive hasta en un picado entre amigos. Dertycia dejó su sello en las redes, sorteando algunas trampas del destino para gritar ahora su felicidad, con la misma pasión de sus infinitos goles.

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