Las barras en la dictadura militar: los “trabajos” para la cúpula y la hinchada que Grondona y Lacoste formaron para el Mundial 82

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La primera plana de la Junta militar en el Mundial de Argentina 1978
La primera plana de la Junta militar en el Mundial de Argentina 1978

Las barras en la Argentina tienen una larguísima historia que cruza violencia, negocios ilegales y muertes. Pero quizá su etapa más oscura y menos revisitada fue la relación de varias de ellas con la dictadura militar que asoló al país entre 1976 y 1983. Un personaje central en esa organización criminal paraestatal fue el comisario Alberto Villar, a quien Juan Domingo Perón había designado apenas sucedió a Héctor Cámpora, para que encabezara la Policía Federal con la misión de combatir la subversión.

Villar, que para entonces regresaba de su retiro en enero de 1973 y sería asesinado el 1 de noviembre de 1974, había hecho todo su escalafón en la Policía y conocía de primera mano el crecimiento de los líderes de la tribuna y lo asustaban algunas manifestaciones como la de la barra de Huracán, identificada con el peronismo de izquierda que cantaba: “Lo dice el Tío, lo dice Perón, hacete del Globo que sale campeón”.

Ése hecho y la idea de que también la hinchada de San Lorenzo estaba integrada por elementos “subversivos”, llevó a Villar a citar a todos los jefes de las tribunas a su despacho y según cuenta el historiador Amilcar Romero en su libro Muerte en la cancha, los convocó a ser un ejército contra el comunismo (el propio Villar era un integrante clave de la Triple A), a delatar a quien manifestara esa ideología y los infiltró con policías de civil.

Un caso paradigmático fue, por ejemplo, la barra de Atlético Tucumán, que tuvo como líder a Froilán Ruiz, alias el Carpincho, un sanguinario guardaespaldas del general Antonio Merlo, quien primero dirigió el Ente Autárquico Mundial 78 y después fue gobernador de facto de Tucumán.

Si hasta entonces los barras trabajaban para la dirigencia deportiva en particular y para la Policía en general en delitos comunes, ahora lo harían como un ente en las sombras para la estructura asesina del Estado. Era la entronización de un poder que ya jamás dejarían de lado y que cuando alguna barra se resistió, como la del Globo, que el 16 de mayo de 1976 frente a Estudiantes de La Plata mostró una bandera de Montoneros en el centro de la popular, desató una represión que terminó con el asesinato por parte del Estado del hincha Gregorio Noya, que había asistido al partido junto a su hijo.

Todo ese andamiaje tuvo su esplendor durante el Mundial 78, donde si bien hubo un conjunto de violentos distribuidos por todo el estadio Monumental, era la barra de River la que tenía predominio sobre el resto, que había sido infiltrada por la Policía Federal. De hecho, el nombre que circulaba era el de Miguel Bomparola, apodado el Negro Bompa y quien llegaría 30 años después a ser el hombre clave de seguridad del club bajo la presidencia de Daniel Alberto Passarella, el gran capitán de aquel Mundial 78.

También empezaba a pisar fuerte otro pesado del tablón, Carlos Alberto De Godoy, alias el Negro Thompson, líder de la barra de Quilmes, y hombre para lo que guste mandar del intendente de esa localidad durante la dictadura, Julio Casanello, quien llegaría a presidir el Comité Olímpico Argentino entre 2005 y 2008.

Esos violentos del tablón fueron también los que encabezaron las manifestaciones en Ezeiza para recibir a los planteles y periodistas extranjeros que se acercaban a participar o cubrir el torneo. Eran quienes difundían en los estadios la campaña “Los argentinos somos derechos y humanos”, slogan creado por la compañía de publicidad internacional Buston Masteller y que tendría su pico en 1979, en ocasión de la visita al país de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, cuando el Gobierno mandó a fabricar y distribuir 250.000 calcomanías con el lema y armó una manifestación donde también tuvieron preeminencia varias barras de los clubes porteños.

También la barra de Vélez consiguió tener lugar importante en aquel Mundial, básicamente porque muchos partidos se jugaban en el remodelado estadio Amalfitani y porque el presidente de la AFA designado por el almirante Eduardo Emilio Massera era Alfredo Cantilo, hincha del club de Liniers y socio vitalicio del Jockey Club, quien ejerció ese cargo entre 1976 y 1979, cuando abandonó el sillón presidencial para cedérselo a Julio Humberto Grondona, quien atravesaría como presidente de la AFA desde entonces y hasta su muerte todos los gobiernos argentinos.

Los violentos se distribuyeron por todo el Monumental durante el Mundial
Los violentos se distribuyeron por todo el Monumental durante el Mundial

Lo cierto es que aquel Mundial también tuvo otro elemento de presión protagonizado por barras y organizado por la dictadura. Fue antes del partido final contra Holanda cuando se planeó un esquema de amedrentamiento hacia los jugadores del país europeo. Cada vez que salían de su hotel para ir al entrenamiento, un grupo de más de 80 barras los esperaba para gritarles y empujar el micro que los trasladaba. El día del encuentro todo fue peor: a los holandeses los hicieron dar un largo rodeo hasta el estadio, con los barras golpeando las ventanas y gritando “Argentina, Argentina”. Algo similar había ocurrido contra Brasil y Perú en Rosario, donde mandaba la barra de Central, que tuvo como socios a los de Newell’s y Argentino de Rosario.

Aquél título quedó para siempre en la vitrina de la AFA, que no fue la única que ganó en el 78. También lo hicieron los barras, que sellarían a fuego su relación con la entidad regidora del fútbol y con la dictadura. Algo que dejaría marcado en letras de molde el diputado demócrata cristiano y militante de los derechos humanos Augusto Conte, quien en una de sus primeras intervenciones en el Congreso de la Nación ya en democracia, afirmó: “Nadie ignora que al celebrarse el Mundial 78 las autoridades militares llamaron a los jefes de las barras bravas y les dijeron que no hicieran desmanes, pero que si alguien se oponía a la dictadura lo enfrentaran. La cúpula militar entronizó políticamente a las barras bravas en este país”. Un fresco estupendo del comienzo de una relación entre Estado y barras que desangraría al fútbol argentino hasta el día de hoy.

Tras el título mundial, la Argentina era la Selección más requerida del mundo. Por eso, en 1979 se armó una gira por Europa que incluía la revancha con Holanda, otro partido con Italia y dos más en el Reino Unido, contra Irlanda y Escocia. El encuentro contra la Naranja Mecánica al ser aniversario de la final del año anterior, se jugaba en Berna, Suiza, país sede de la FIFA. Quizá relajados por el éxito embriagador que traía el fútbol, la dictadura no tuvo en cuenta que los exiliados podían manifestarse en ese momento. Y la manifestación de Amnesty Internacional en la puerta del hotel donde concentraba Argentina, horas antes del partido, los sorprendió: se había hecho un vallado con las fotos de cientos de desaparecidos. Esos mismos carteles los llevaron un rato después al estadio, con una bandera gigante que decía “asesinos” junto a las imágenes de Videla, Massera y Agosti y otra un poco más pequeña que rezaba “saquen los tanques de la Argentina”.

Los genocidas primero reaccionaron obligando a la televisión a tapar con listones negros cada vez que la imagen internacional iba sobre esos lienzos. La situación se repitió días más tarde en Dublin, Irlanda, sede del segundo partido de la gira, y en Escocia. Y llegaba el encuentro más popular, contra Italia en el Olímpico de Roma. Pero el gobierno había tomado la decisión para entonces de mandar un avión completo de militantes pro dictadura con barrabravas que actuarían como fuerza de choque. La movida permitió que en ese partido la bandera que se veía era una que poco reflejaba la realidad. Decía: “Argentina, un país en paz”.

Ese éxito preanunció otro plan gobierno-AFA-barras para lo que se venía: el Mundial 1982. Porque el clima político iba cambiando de a poco y ya en 1981 en algunas canchas los hinchas se animaban a pequeños actos de resistencia. Como el inolvidable gesto de la gente de Nueva Chicago, tribuna forjada al calor de los hombres de la Unión Obrera Metalúrgica, que el 24 de octubre de ese año provocaron un terremoto sólo porque se animaron a cantar la marcha peronista.

Pero mientras algunas barras se mantenían fieles al ideario justicialista, la gran mayoría estaba alineada a la represión ilegal. Y se venía otro torneo ecuménico, el Mundial de España, que tendría a la Argentina como una de las Selecciones más convocantes, debido no sólo a su condición de campeón defensor sino a la presencia de Diego Armando Maradona, ya convertido en estrella.

El riesgo para la dictadura era que en cada partido de la Selección hubiese manifestaciones de exiliados por lo que se puso en marcha el operativo silencio, del que iban a participar muchísimos barras y que tendría como líder a Carlos Alberto De Godoy, el Negro Thompson, jefe de la tribuna de Quilmes.

Para llevar adelante el plan, Godoy fue convocado a una reunión con el almirante Carlos Lacoste en el Ministerio de Acción Social. Allí se había pactado el trabajo que tendría financiamiento público y privado. La trama era sencilla: la AFA conseguiría las entradas y el patrocinio de varias firmas que harían sus aportes, mientras Lacoste se encargaba de borrar todos los antecedentes penales de esa patrulla perdida, que como contraprestación debían detener a todos aquellos argentinos exiliados que quisieran entrar a los estadios españoles con el fin de hacer propaganda contra el régimen militar.

El propio Negro Thompson reconoció la maniobra tiempo después, el 15 de abril de 1985, en un reportaje que concedió al diario La Voz.

La idea era llevar a 150 representantes de las hinchadas. Para eso se necesitaban 150 mil dólares. Y teníamos el apoyo de la AFA”, aseguró. Dijo, además, que a partir de allí consiguieron una publicidad de una indumentaria deportiva (“íbamos a ir todos empilchados con ropas de esa marca”), de una cervecería, y de diferentes figuras importantes del fútbol y el mundo empresarial. Para la faena había convocado a violentos de las tribunas de River, Banfield, Lanús, Racing, Independiente, Chacarita y Los Andes, entre otras.

De hecho, el propio jefe por entonces de la barra de Independiente, Daniel Alberto Ocampo, alias el Gitano, y su segundo, Sergio Rissi, tendrían la misión de secundarlo a punto tal que así quedó establecido en una nota con membrete oficial que el club Independiente mandó a la AFA, con las firmas de su presidente Pedro Iso, y del secretario de la institución, Eber Vaqueiro. “Nos llamaban delegados de la hinchada para no decirnos barrabravas. Nos juntábamos en el club Huracán para organizar la logística y yo mismo participé de una reunión con Grondona por este tema en la AFA”, reconoció el Gitano Ocampo en una entrevista que dio al diario Clarín el 21 de mayo de 2000.

Pero el maquiavélico diagrama terminó frustrándose: el 2 de abril de 1982 la Argentina inició la reconquista de las Islas Malvinas, lo que generó la guerra con Inglaterra y el freno al plan mundialista.

“Estaba todo preparado para viajar, hasta nos habían sacado los pasaportes sin tener que ir siquiera al departamento central de Policía, pero por la guerra no pudimos viajar”, reconoció en la revista Huella de San Martín, el 30 de mayo de 1998, Alfredo Alberto Apollonio, alias Batata, uno de los líderes de la barra de Chacarita. Es que se los necesitaba en la Argentina para disuadir a manifestantes pacifistas o anti dictadura o trabajadores, como quedó de manifiesto en la impresionante movilización del 30 de marzo que había hecho la CGT Brasil de Saúl Ubaldini a Plaza de Mayo (enfrentada a la CGT Azopardo de Jorge Triaca), que terminó en una brutal represión.

En los estadios donde jugó la Selección hubo más manifestaciones sobre la guerra que sobre la dictadura y aunque oficialmente la barra del Mundial no viajó, sí hubo un encontronazo en el País Vasco entre los que igual fueron, con los del Rojo a la cabeza, contra los hooligans ingleses: fue en la localidad de Zarautz, cerca de San Sebastián y los argentinos, en franca minoría, debieron dejar el centro de la plaza a merced de los violentos europeos. Esa misma noche dos barras argentinos pasaron por el hostel donde estaban los hooligans y dispararon seis tiros contra el frente. Al siguiente partido entre Inglaterra y Checoslovaquia en el estadio San Mamés, los hooligans sacaron una pancarta con la leyenda: “Falklands, Zarautz, We Win Wars” (En Malvinas y en Zarautz nosotros ganamos la guerra). La estupidez barra no sabe de nacionalidades.

Tras aquel Mundial, los barras empezaron a bajarse de la estructura de una dictadura que se deshilachaba por completo.

Pero la mítica canción “Se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar” recién atronaría un estadio entero el 2 de octubre de ese año, y no fue en una cancha de fútbol sino en el Luna Park, en la apertura del Mundial de Voley que consagró a la Argentina con medalla de bronce, repleto de compatriotas y ausente de aquellos oscuros barras.

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